Virgen Peña de Francia (1400) por Simon Rolan

Descripción

Virgen Peña de Francia (1400) por Simon Rolan

 

VIRGEN DE LA PEÑA DE FRANCIA, ESPAÑA ( 19 DE MAYO)

 

Por el 1400 la Virgen se aparece en París a un joven estudiante francés, de vida virtuosa, llamado Simón Rolán, y le impulsa a la búsqueda de una imagen suya, escondida y perdida su memoria desde largos años atrás. «Simón, vela y no duermas -le habló la Virgen-. Partirás a la Peña de Francia, que se encuentra en tierras de occidente, y buscarás en ella una imagen semejante a mí; la encontrarás en una gruta, y allá se te dirá lo que has de hacer»… Desde su hallazgo, la imagen ha sido y es muy querida por los salmantinos. Su ya larga tradición ha permitido que su devoción se haya extendido más allá de la tierra salmantina, y así su veneración es también compartida con muchos hombres y mujeres de tierras lejanas, especialmente de Sudamérica. La Peña de Francia se levanta casi de súbito sobre la llanura, al sur de la provincia de Salamanca, en el límite con la de Cáceres. No deja de ser extraño el nombre de Francia que se da a la Peña donde se descubrió la imagen de la Virgen, y a su sierra. El documento más antiguo que se conserva con el nombre de Francia, aplicado a esta comarca, está fechado en 8 de enero de 1289, es decir casi siglo y medio antes de la llegada a estos lugares de Simón Vela. El motivo de este nombre no se sabe con certeza, como tampoco el origen de las imágenes. Sabemos que una colonia francesa figura entre los repobladores de Salamanca en el siglo XI, como ocurrió después con otras ciudades arrancadas a la morisma, como por ejemplo: Toledo, Córdoba y Sevilla. Muy bien pudo haber ocurrido que una colonia similar se estableciese, entonces o más tarde, en estos lugares, y por ella recibiera la comarca el nombre de la nación de origen de sus repobladores. Viejos apellidos originariamente franceses (Luis, Griñón, Martín, Giral, Bernal, Gascón y Cascón,) son frecuentes en familias arraigadas desde tiempo inmemorial en los pueblos de la «sierra». El mismo nombre de San Martín del Castañar que lleva uno de los pueblos de la sierra, señala la misma dirección. LA HISTORIA Era el año 1424. Reinaba en España don Juan II, padre de Isabel la Católica. Sequeros era un pequeño pueblo al sur de Salamanca, donde vivía una virtuosa jovencita por nombre Juana, pero que en los pueblos la llamaban «la moza santa de Sequeros». Un día se puso enferma y todos lloraron porque la vieron morir, pero al llegar la noche, corrió otra noticia más venturosa: La santa ha vuelto a la vida, y está diciendo cosas maravillosas. Cuando ella muera, dice que vendrán algunas desgracias a sus familiares como paternal castigo que Dios les hace para que reparen la injusticia de una herencia mal adquirida. Pero enseguida, volviendo a sonreír, les ha descubierto un consuelo: «Volved vuestro rostro a la Peña de Francia, rezad a la Virgen María. Allí está escondida hace doscientos años una imagen suya que pronto será manifestada y por ella hará Nuestro Señor muchos milagros… Esta gloriosa imagen ha de ser mostrada a un hombre de buena vida. Allí, en el mismo lugar, a reverencia de la Madre de Dios, ha de hacerse otro monasterio de los frailes predicadores, allí será Dios y su bendita Madre de las gentes cristianas. Porque ha de ser casa de mucha devoción y vendrán muchas gentes de extrañas tierras y naciones con gran devoción a buscar a la Madre de Dios y su bendita imagen». Cuando por fin la joven se adormeció con la muerte, su profecía quedó en la memoria como una esperanza. Cuenta una historia verídica y antigua que Simón Vela, el hombre que encontró la imagen, había nacido en París. Cuando murieron sus padres, le dejaron una fortuna, pero él la repartió a los pobres. Pensando cómo hacerse santo, quiso ser fraile franciscano. Dios le hizo conocer que su vocación era caminar en busca de una imagen de la Virgen ocultada en la Peña de Francia, pero entonces la Peña de Francia no era famosa. Durante varios años la buscó en su patria, con optimismo, sin otro quehacer. Vino después a Santiago de Compostela como peregrino; de regreso, visitó Salamanca por si pudieran informarle, pero ni siquiera en Salamanca lo sabían muchas personas, y a nuestro infatigable peregrino le dieron la respuesta unos carboneros que, con grandes voces, pregonaban, como una novedad, el carbón de la Peña de Francia. Simón Vela, al oír este nombre, lloró de alegría, y dando gracias a la Virgen, se acercó al carbonero como si hubiera encontrado al mejor de sus amigos, pero éste, al ver tan extraño interés, sintió recelos y negó toda información. Pero los carros de los carboneros estaban casi vacíos; Simón Vela lo advirtió y, desapercibido, los siguió de lejos. Era él, sin saberlo, el primer peregrino de la Virgen de la Peña de Francia. Muchas veces en su peregrinaje había oído una voz misteriosa: «Simón, vela, y no duermas». Había comprendido que un designio de Dios le preparaba una sorpresa grande. Por eso deja su apellido de «Rolán» para llamarse Simón Vela; así le parecerá escuchar la voz del Cielo cuando le llamen. Seguía caminando. Estaba junto a la Peña, pero no lo sabía. Al llegar a San Martín del Castañar, perdió de vista a los carboneros. Unas mujeres a la entrada, le mostraron cuál era la Peña de Francia. Él la miró emocionado, como a la tierra prometida, y se encaminó a la montaña. Cuando llegó arriba estaba fatigado y era de noche. El sueño le recogió enseguida, pero despertó dolorido: una tormenta descargó sobre las rocas y le hirieron la cabeza. Pronto quedaría curado por Aquélla a quien buscaba. Volvió a oír la misteriosa voz: «Simón, vela», y esperó hasta el amanecer, rezando, cuando… la misma Madre de Dios se apareció a sus ojos y le indicó el lugar donde se hallaba la imagen, deseando edificasen allí una ermita. Quedó abrasado de amor y agradecimiento. Quiso forzar las rocas que sepultaban aquella reliquia, pero eran demasiado grandes y parecían estar lacradas. Lo mejor era buscar ayuda; además, la Virgen quería testigos del hallazgo. Bajó Simón Vela corriendo como un niño alegre a San Martín del Castañar. Varios hombres creyeron porque concordaba con lo de la «moza santa de Sequeros», y le acompañaron para buscar la imagen. Cavaron con sumo cuidado, como se excava un tesoro, y removieron las piedras con el mismo cariño que otros cristianos hicieron para esconderla del peligro. Todos unieron sus fuerzas como una oración y rodó la gran piedra. Los seis hombres cayeron de rodillas sin querer levantarse por largo rato. Estaba ante ellos, como una Madre joven, hermosa y celeste, la imagen de Nuestra Señora con el Niño. Era el 19 de Mayo de 1434. Las gentes se reunían en grandes grupos para ir a venerarla, venciendo las dificultades del camino y el temeroso paso de los lobos, porque el fervor ahuyentó todos los peligros. La profecía de la «moza santa» estaba cumplida. Simón se consagró al cuidado de la imagen, construyendo en la cima una capilla con el donativo y la ayuda de los fieles. El pueblo le conocía por SIMÓN VELA -nombre con el que a partir de entonces se le recuerda-, apellidándole con la palabra con que la voz misteriosa tantas veces le imperara la búsqueda de la santa imagen: «Simón, vela». La historia ha conservado el nombre de los cuatro animosos vecinos: Pascual Sánchez, Juan Hernández, Benito Sánchez el escribano que dio testimonio fehaciente y Antón Fernández. La Virgen quiso que este descubrimiento de su imagen fuese acompañado de prodigios, dispensando un favor a cada uno de ellos. Reinaba en Castilla don Juan II y era pontífice Romano Eugenio IV. Don Juan II se lo entregó a los Dominicos. Hoy ese Santuario a sus 1723m. de altura, es un luminoso faro de la Virgen donde acuden a recibir gracias de los lugares más apartados del globo. EL SANTUARIO El Santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia se halla en la provincia de Salamanca. Más en concreto, en la zona más hermosa: la Sierra de Francia. Allí, a 1783 metros de altitud, se yergue este santuario desde donde se contempla un singular paisaje que abarca la llanura castellana, las montañas de las Hurdes y la sierra de la Estrella en Portugal. Tan sólo dos años después del hallazgo de la imagen de la Virgen se hicieron cargo, de ella y de su ermita, los frailes dominicos. Durante esos dos años, la montaña de la Peña comenzó a ser objeto de fuertes disputas entre los señores de Granadilla y Miranda. Ante tales pretensiones el obispo de Salamanca, el 19 de septiembre de 1436, cede al provincial de los dominicos los derechos que pudiera tener sobre la ermita construida en las cumbres. Cuatro meses después, una comunidad de dominicos de cinco miembros asume canónicamente la ermita. El número de religiosos de la comunidad establecida en la Peña creció rápidamente y echó raíces en la zona. Ya en el año 1516, en que se puso la primera piedra de La Casa Baja, la comunidad contaba con 22 religiosos. De esta comunidad partieron numerosos misioneros hacia América y Extremo oriente, especialmente Filipinas. Fueron ellos los principales impulsores de la devoción de la Peña en aquellos territorios. El convento, adosado a la iglesia, tiene su puerta de entrada, de forma gótica, por el oriente. Las dependencias conventuales se organizaron en torno a un pequeño patio del que reciben luces las dos plantas del claustro conventual. En el patio se construyó un aljibe para recoger el agua de la lluvia que vertían los tejados y que hoy es conocido como Pozo Verde debido al colorido que adquiere el agua allí acumulada. A partir del claustro, y en doble planta, se levantaron todas las dependencias conventuales: el comedor, la biblioteca, dormitorios, etc. Por el lado izquierdo del claustro se accede al comedor conventual construido en 1740, y por el derecho, a una de las naves de la iglesia. En las construcciones conventuales llama la atención el desmesurado espesor de los muros, que llegan a alcanzar los tres metros. Sólo las personas que han experimentado las condiciones climáticas que se dan en la cumbre, durante los meses de invierno, pueden comprender cabalmente el porqué de tales dimensiones. El convento de la Peña albergaba, durante los meses de mayo-noviembre, a una numerosa comunidad de dominicos que en la época invernal se trasladaba al convento de La Casa Baja, al sur del Maíllo. Los cinco religiosos que fundaron el convento de la Peña procedían del convento de Medina del Campo. La Peña fue convento autónomo desde su fundación hasta 1835. En ese año, los religiosos, debido a la desamortización de Mendizábal, se vieron obligados a abandonarlo. Cuando los religiosos, en 1900, regresaron al Santuario, éste comenzó a depender del convento de San Esteban de Salamanca. Cuenta el dominico P. Andrés Tetilla en su Historia de la Peña, impresa en 1544, que Simón Vela, próximo a la muerte, manifestó que después de su fallecimiento se encontrarían en la Peña las imágenes de Santiago, San Andrés, Santo Cristo, Santa Catalina y una campana. Las dos últimas nunca se encontraron. A un costado de la plaza del santuario y colgado sobre el Salto del Niño se encuentra El Balcón de Santiago. Desde él, el visitante puede disfrutar de una impresionante vista del Valle del Hera, La Alberca y la sierra tras la cual se encuentran Las Batuecas. En el centro del balcón existe una pequeña lápida que recuerda que, el 20 de julio de 1439, unos canteros que estaban sacando piedra para las obras encontraron allí la imagen del apóstol Santiago al que, posteriormente, se erigió en el lugar una pequeña capilla. Hoy la imagen de Santiago se encuentra en la iglesia del santuario en la capilla que, próxima a la sacristía, le está dedicada. La imagen de Santiago es una hermosa talla románica de 110 cm de altura, que viste túnica larga sobre la cual porta una capa corta con abertura por los lados. En la mano derecha lleva el báculo y la calabaza de peregrino y en la izquierda un libro que simboliza la carta que en el Nuevo Testamento lleva su nombre. Sus manos son largas y delicadas. De su cabeza majestuosa cuelga hasta los hombros su ondulada cabellera. Su rostro, de labios finos y ojos llenos de vida, se encuentra enmarcado por larga y cuidada barba. La capilla de San Andrés está junto a la esquina noroeste del Santuario y da nombre a la explanada que allí se inicia (campo de San Andrés). La capilla se erigió allí después que el 9 de agosto de 1440 el prior de los dominicos Fray Andrés de Cogollos, que rezaba en el lugar, descubriera en el hueco de una peña la imagen de dicho santo. Su interior, con bóveda de crucería, es del mismo estilo que la sacristía y La Blanca; el dibujo en resalte que la decora es obra de Mariano Manzano; junto al altar se distingue el borde de la oquedad donde estuvo oculta la imagen. En la actualidad, la imagen allí encontrada preside la capilla de la iglesia del Santuario dedicada al santo y situada en su nave izquierda. De estilo románico, la imagen representa al apóstol bendiciendo con los dedos índice y corazón de su mano derecha, mientras que con la izquierda recoge su manto. Sus cabellos, barba y bigote forman una sola línea. Su nariz regular y los ojos miran a lo alto. La capilla del «Santo Cristo» es la más alejada, al poniente, al borde de un promontorio de grandes rocas que preside la cruz del peregrino. Su contextura hermana con el ámbito agreste que la rodea. En su interior una hendidura en la roca indica el lugar donde fue hallada la imagen. Preside el altar un Cristo de plomo, obra de Núñez Solé. En ese lugar se halló la talla que da nombre a la capilla y que fue encontrada entre dos peñascos cubiertos de piedras pequeñas por un vecino de La Alberca, el 20 de abril de 1446, en el lugar en que hoy se levanta la capilla en su honor. Es una talla de época posterior a la de Santiago y con aires del primer gótico. La imagen del Crucificado muestra en la paz de la muerte, la expresión serena, el cuerpo colgante, los ojos cerrados y la cabeza caída sobre el pecho; mide 0,75 metros de altura. Esta imagen se venera en la capilla lateral izquierda de la iglesia del Santuario.
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