Ummo en Argentina

Descripción

Ummo en Argentina

 

BUAWAIGAAI AYUYISAA «ARGENTINA» DO IA KAAWAEA UMMOOEMMI IA OYAGAA*

 

Autor   :   Alejandro César Agostinelli **

Buenos Aires  ,  Argentina

32  páginas

 

 

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  1. Cuando «2001» abrazó a DEI-98 (o el nuevo periodismo mágico-espacial ante el misterio)

 

En la Argentina, la primera gran caja de resonancia de la venida de los ummitas a la Tierra fue la revista «2001». Lo que no parecía más que un vástago marginal de la fiebre alienígena de finales del ’60, el último grito del contactismo (telefónico, epistolar, unilateral y menos mesiánico que racional) fue un asunto que se transformó en cliente regular del más representativo y exitoso producto editorial dedicado a temas fantásticos y espaciales de la época (1). Bajo el subtítulo «periodismo de anticipación», «2001»  era una revista con llegada en España, desfilando por sus páginas varios de sus más representativos voceros ufológicos.

Veamos tres ejemplos que muestran por qué esta revista fue el vehículo paradigmático del nuevo mito en gestación: «2001» fue la primera en preguntarse desde la portada (ilustrada con un gran isotipo del UMMOALEWE) si ésta no sería la prueba de que los extraterrestres estaban entre nosotros, en el correo de los lectores solían aparecer notas y cartas de A. Ribera, E. de Vicente, F. Ares, D. López, I. Darnaude, J. L. Jordán Peña, entre otros, y se llegó a publicar una historieta de ciencia ficción en varios capítulos protagonizada por una pavorosa raza de extraterrestres invasores que utilizaba un emblema inspirado en el de Ummo. En un comienzo la publicación -verdadera pionera del realismo científico-fantástico en la Argentina- acogió la polémica con mesura y algunas dudas, aunque con el tiempo adoptó la historia en toda su espectacularidad.

La «punta de la enagua» asomó un mes antes que los astronautas dieran el pequeño gran paso en el Mar de la Serenidad. Antonio Ribera, en una entrevista simultánea a la salida de «Un caso perfecto» (literatura obligada de la época), se refería a los casos de Aluche y San José de Valderas sin revelar la relación que existía entre ambos episodios y un cierto enrevesado affaire de extraterrestres aficionados a escribir cartas con remitente desconocido (2). Pero el primer misteriecillo de la saga no tardó en develarse: apenas un mes después, Eduardo Azcuy, en un artículo titulado «Los ovnis: ¿Factor de poder?» (3), se luciría mostrando las imperfecciones del caso que se pretendía perfecto y establecería el nexo que unía una historia con la otra, basando sus dudas en informes enviados por los corresponsales de la revista, en deducciones propias y en las indiscreciones del padre Enrique López Guerrero (4).

Por entonces, Azcuy escribía: «Nuestros amigos españoles dicen que existe ‘un caso perfecto’. Nosotros estimamos que no, y entendemos que el problema ha comenzado a complicarse hasta tal punto que nos inquieta la posible utilización del ovni, con otros fines que no sean los que determina la estricta indagación de fenómenos de índole desconocida» (cursiva en el original). Ummo no es mencionado ni una sola vez en todo el artículo. Pero Azcuy enlazaba el signo visible en la panza del platillo de Valderas con las «revelaciones» del contactado F. Sinod (5) y con la intrigante dedicatoria «a DEI-98 y a su grupo» del libro firmado por Ribera y Rafael Farriols. Al periodista de 2001 le llamó la atención de que Sinod, aparte de hablar de su amistad personal y telepática con un extraterrestre llamado «Francisco Atienza», difundiera la existencia de un grupo de «extranjeros cuyo planeta orbitaría alrededor de la estrella Wolf 424» y anunciara formar parte de una red de diecinueve corresponsales que estarían recibiendo «complejos informes científicos», a quienes, además, se les habría entregado «un distintivo de metal desconocido con el sello del planeta remoto» (6). Azcuy añadía que Oscar A. Bacqué, un militar que de cuando en cuando oficiaba como corresponsal de 2001 en España, «tuvo la oportunidad de observar ese distintivo en la solapa de los señores Sinod y Farriols». Hoy es caer en un soberbio facilismo señalar los desaciertos de las conjeturas de Azcuy, que le supuso a Sinod más protagonismo del que tenía y exageró la nota al declarar que detrás del asunto había «fuerzas de gran poder económico». Pero también aseguró: «O individuos que desconocemos han usurpado una increíble identidad y han sorprendido a los más responsables investigadores españoles o bien una oscura confabulación se ha puesto en marcha» (3). Quienes conocimos a Azcuy sabemos que él adhería a la primera opinión, mientras que la hipótesis del complot era mero tributo al misterio, en un medio donde exaltarlo era requisito sine qua non para que sus notas fueran publicables.

El correo de los lectores de «2001» también reflejó una polémica entre Ribera y Azcuy, donde cada uno fijó posición en torno de la autenticidad de las fotos de San José de Valderas y sus respectivas presunciones respecto de la importancia del affaire ummita. «Considero que el asunto ‘ummo’ no es la vía que nos habrá de permitir entreabrir las puertas del gran enigma del siglo XX», apostrofaba en una carta fechada el 5/9/69. Ribera, por su parte, no disimulaba su simpatía hacia la hipótesis extraterrestre en primer grado.

Pero ese nuevo periodismo -cuyas ambiciones de éxito comercial se encarnaban en una subcultura en la que las mitologías mágicas germinaban a la sombra de la carrera espacial, en un tardío remedo nacional y popular de la Planete de Pauwels y Bergier)- no se limitó a ofrecer una mera superficie donde la controversia asome el cogote. Allí  se anticiparon algunas claves que hoy, a la luz de datos actuales y un poco más libres de los atavismos que impuso el contexto de aquella belle epoque, podemos comenzar a discernir y también -por qué no- a disfrutar.

 

  1. Los espíritus burlones de José Luis (o cuando los «ummanos» muestran la hilacha)

 

2001 volvió a echar «ummo» entre enero y marzo de 1970 (7). El artículo más significativo, sin duda, se publicó en el Nro. 20 (marzo), que incluye una extensa carta titulada «Los extraterrestres guardan su bomba de tiempo», con la firma de Fernando Eguizabal, supuesto periodista vasco radicado en México. El colaborador espontáneo afirmaba que su interés por el tema «se inicia en 1964, cuando un buen amigo mío especializado en mecánica cuántica recibió por correo aéreo unos singulares documentos fechados en Adelaida (AUSTRALIA)» y revelaba poseer «pruebas incontrovertibles que don Fernando Sesma sólo tuvo acceso accidental al affaire Oummo cuando éste ya estaba ‘cociéndose’ años antes en otros países (México en 1964, Australia 1964, Francia 1959, Canadá 1963, España 1965, U.S.A. 1963)». Eguizabal ponía especial esmero en descargar tintas contra Sesma, que «develó todo el misterio de los agentes de Oummo mediante un libro burdamente editado y peor escrito donde el autor mezcla sus ingenuos y mediocres comentarios con los párrafos menos interesantes y más superficiales de los textos Oummitas llegados a su poder». Si lo disculpaba en algo era porque «en los escritos que (los Oummitas) le remitieron se advierte un estilo y un carácter científico de escaso valor, como corresponde al bajo standard intelectual de las personas que habitualmente forman su círculo».

Entre los elementos presentados por el «antiguo periodista español» se destacaba un «grabado en sobrerrelieve a gran presión» que apareció «impreso borrosamente en las paredes de un inmueble en ruinas», hallado en las cercanías del Rancho «El Caney» (vecino a San José de Valderas), copias de una «monografía ummita recibida el 8 de octubre de 1964 por un profesor de física en Monterrey (México)», y mencionaba muchas otras «pruebas que obraban en su poder» pero que nunca aportó.

Entrando ahora en el terreno de las conjeturas, en el texto de «Eguizabal» (fechado el 28/1/70) es perceptible un cierto esfuerzo por enderezar el rumbo entre rústico y folklórico con que Sesma «desprestigiaba» el «clima de seriedad» que tanto trabajo le había costado infundir al laborioso estratega original del fraude ummita. Detrás de ese artículo parecían rumiar las mismas musas, los mismos objetivos, en una palabra: el mismo cerebro creador del affaire Ummo. (Curiosamente, las copias de la monografía ummita enviada por el tal «Eguizabal» a 2001 llegó bajo la forma de negativos fotográficos, el mismo sistema que por entonces utilizaban los sospechosos embajadores de Wolf 424).

Para ser breves y directos, aventuramos que el espíritu general del texto «huele como a familiar»; y si dejamos de lado pequeños aunque reveladores detalles literarios (construcciones gramaticales, «soltura» en el manejo del tema, giros estilísticos, ubicación de paréntesis y mayúsculas, etc.), es exactamente lo que hubiera escrito José Luis Jordán Peña para reforzar la credibilidad de los informes justo cuando empezaban a surgir las primeras dudas, alentadas por la creciente (¿y acaso inesperada?) influencia del bizarro Sesma, que acababa de publicar «La lógica del visitante del espacio» (8). Visto en perspectiva, esta carta podría haber formado parte de la hornada de «testimonios independientes» (anónimos o con nombres falsos) que, como los casos madrileños o las cartas del «mecanógrafo», parecieron haber sido creados para apuntalar el mito ummita desde otros frentes.

En mayo del ’70, «2001» comienza a publicar «¡Guerra de los Antartes!», presentada como «la primera historieta argentina de ciencia ficción», aunque en realidad existía un antecedente notable, «El Eternauta» (1957-1959). Ambas historietas tenían en común que fueron concebidas por el mismo guionista (Héctor Germán Oesterheld, considerado el mayor escritor de aventuras que prohijó estas tierras) y que eran sendas invasiones extraterrestres ambientadas en la ciudad de Buenos Aires. El emblema Antarte era un símbolo cuasi-ummita que aparecía en el pecho, en la frente de los seres, y en la trompa de las naves, que semejaban tanques espaciales. Diez años después, el comic sería republicado en Clarín, el diario con mayor circulación del país. Oesterheld y el dibujante Napoo habían puesto su granito de arena para que el ícono popular recién importado de la Madre Patria consiguiera implantarse en el imaginario extraterrestre argentino (9).

Al fin del segundo capítulo de «¡Guerra…» se podía leer la carta-presentación de la neonata Agrupación de Estudios Cosmológicos Eridani, en la que sus directivos (Félix Ares de Blas [Director técnico], José L. Jordán Peña [Presidente] y David G. López [Dtor. Dpto. Investigación] se ponían a disposición de los interesados en los ovnis para iniciar un intercambio. Tal era entonces el nivel de integración ufológico-cultural entre España y la Argentina… (10).

La revista que fue el espejo de una generación que matizaba sus intereses entre los platillos voladores, los fenómenos psi, la conquista espacial, el hippisimo y las revoluciones social y sexual, en su primera etapa alcanzó una tirada de 67 mil ejemplares, todo un record para la época. En una entrevista reciente, Roberto Martínez, por entonces redactor de las páginas dedicadas a la «cohetería modelo», cuenta que el affaire Ummo les cayó literalmente del cielo porque les ahorró mucho trabajo a la hora de «inventar historias» (11).

Martínez no puede evitar una sonrisa cuando recuerda que en la redacción de 2001 se recibieron «un montón» de informes ummitas. No retiene datos precisos y supone que ese material se perdió cuando MBH (la empresa editora) se fue a la quiebra y tuvo que vender los archivos. «El ritmo del asunto era increíble; nos desconcertaba el hecho de que las cartas llegaran selladas en distintas partes del mundo. Me acuerdo que cuando Vignati (el jefe de redacción) revisaba la correspondencia decía: ‘¡Carta ummita desde Inglaterra!’ o ‘¡Carta ummita desde Australia!’ Una vez pusieron dentro del sobre un recorte de tela de alumino y plástico, espejada de ambos lados. Después supimos que ese material se usaba para construir unos globos tipo Mailard. Pero nos dimos cuenta de que la ‘joda’ pasaba por otro lado cuando, en una de las cartas, los tipos escribieron que adherían al Che Guevara y a la revolución social en América Latina», señaló Martinez, quien ignora por completo la tesis que hoy sostiene el ufólogo francés Renaud Marhic (12).

Digamos de paso que no hace falta salir a marcar con el dedo a «agentes de la KGB» si recordamos los aires políticos que entonces se respiraban. No hay que ir tan lejos: la línea editorial de «2001», por ejemplo, a partir del número 41, sufrió una mutación radical, dejando de ser «periodismo de anticipación» para convertirse en «periodismo de liberación». En los albores del ’70, en sus páginas coexistían los revulsivos graffitis de la contracultura del mayo francés, el pacifismo ecologista de los muchachos de pelo largo y las ínfulas transgresoras que prometían un Hombre Nuevo en un Mundo Nuevo, donde lo imposible era potencialmente real. Desde el aterrizaje masivo de los extraterrestres hasta la supresión definitiva de los tabúes sexuales; desde el sueño imposible de las sociedades telepáticas hasta el alucinante deseo de que la Revolución Cultural maoísta se propagara por el mundo. En 2001, periodismo de liberación se podían leer los poemas de Ernesto Cardenal y los cuadernos de campo del comandante Guevara… y descubrir que el pie de imprenta editorial seguía informando que sus «servicios especiales» eran Flying Saucer Review, Phénomenes Spatiaux y The Apro Bulletin…

La ideología ummita -más que responder a «servicios de inteligencia»- llevaba en el orillo la marca registrada de una época donde los intelectuales le habían declarado la guerra al nazi-fascismo -aun cuando su autor haya incurrido en el anacronismo de imaginar una civilización extraterrestre que no estaba libre de concepciones totalitarias. Bajo el escudo protector del UMMOALEWE, alguien se había hecho pasar por otros que lograron hacer realidad el mito terrestre del Progreso Indefinido, recreando una utopía social que entronizaba una Ciencia con mayúscula. Los sueños y los avatares que estimulaban esos sueños eran parte del mismo continumm cultural, y así como la escenografía platillista de los «casos reales» no se diferenciaba tanto de la imaginería estándar de aquello que cabía esperar de visitantes extraterrestres, la utopía encarnada por los UMMOOEMMI tampoco conseguía despojarse de una mística uniforme y espartana, pariente cercana de la moral media de la sociedad en la que se había estado fermentando.

 

  1. Corresponsales en la dimensión desconocida (o los argentinos que tuvieron el privilegio)

 

Hasta donde se sabe con certeza, el inventor Ariel Ciro Rietti, el sacerdote jesuíta Segundo Benito Reyna, el escritor Luis Anglada Font y el ufoteólogo Pedro Romaniuk, fueron los primeros platillólogos argentinos que recibieron informes ummitas de la fuente original, despachadas desde Berlín oriental (Alemania) el 30 de agosto de 1969.

Los cuatro contaban con méritos suficientes para ser honrados con esa distinción. En 1957 Rietti era vicepresidente de la Sociedad Argentina Interplanetaria, un grupo privado dedicado a temas aeroespaciales. Ese año conoció al empresario de origen francés Christian Vogt, que acababa de publicar el libro «El misterio de los platos voladores» (13), y pronto fundaron la CODOVNI (Comisión Observadora de Ovnis), que publicó hasta 1965 un boletín informativo anual que enviaba a revistas y círculos platillistas de todo el mundo. Durante la década del ’60, el padre Reyna, astrónomo amateur pero famoso en la Argentina por su dedicación a temas ovnilógicos, mantuvo relaciones epistolares con varios investigadores ibéricos y sus opiniones aparecían citadas con frecuencia en la prensa española (14).

Con Rietti hablamos del tema en febrero de 1994. Aún atesora amorosamente el sobre, los textos y las transparencias ummitas. Jamás prestó los originales a nadie, y justifica sus precauciones evocando el final que halló la carta a Reyna, que en un descuido de éste fue a parar a manos de un ufólogo amante de la propiedad ajena y nunca más la pudo recuperar. Los sobres incluían una tarjeta de salutación con los crípticos caracteres made in Ummo con el sello )+( y cinco negativos. Las fotos reproducen tres carillas mecanografiadas, el símbolo junto con la imagen del platillo de San José de Valderas y el esquema del corte transversal de la espacionaves ummitas. La carta es una presentación general del tema en un todo similar a las primeras recibidas en España y Francia. Con una salvedad: O los ummitas traspapelaron el envío, o ignoraban que en la Argentina se habla la lengua de Cervantes, o son unos seres definitivamente desatentos: menos la tarjeta de salutación, los documentos dirigidos a Rietti y a Reyna estaban redactadas en francés (15).

Rietti no disimula el orgullo de haber merecido la atención de los presuntos corresponsales alienígenas y se mostró interesado en conocer los detalles de la confesión de Jordán Peña. «Mi actitud fue científica; siempre pensé que había que realizar algún tipo de comprobación o esperar, porque el tiempo todo lo aclara». Y no le faltaba razón. Lo que ni Rietti ni nadie sabía era que serían nada menos que ¡27! los años de espera.

El pionero de la ovnilogía argentina no oyó hablar de otros receptores aparte de Reyna, pero recuerda bien el revuelo que se armó cuando el diario Clarín, en abril de 1979, se ocupó del tema (16). Rietti -conocido entre el público en general por haber desarrollado el primer auto solar nacional, y entre los aficionados a los ovnis en particular por su «sistema de detección», un aparato sensible a variaciones del campo electromagnético- recuerda que trató el tema con el padre Reyna durante un viaje que hicieron juntos a Bahía Blanca a fines de los ’70, donde participarían de un programa en la televisión local. Hasta entonces, cada uno creía que su respectiva carta era la única del país.

A comienzos de 1979 corrió una versión de que el ufólogo Luis Anglada Font -ex piloto de guerra durante la segunda guerra mundial de la Real Air Force y autor del libro sobre ovnis argentino mejor escrito de la época (17)- recibía los informes ummitas desde el ’66, asunto en el que habría estado vivamente interesado -pese a que en su libro no le dedica al tema un sólo párrafo. En febrero de 1980, dos investigadores (que luego se convertirían en protagonistas) localizaron a él, a su madre y a su hija, quienes desgranaron una historia con los ingredientes justos para que mereciera una mención de honor en el anecdotario platillista local. No era para menos: el mismo Anglada atribuyó las dolencias que luego lo llevaron a la muerte con su interés por el tema Ummo, a partir de un encuentro que dijo haber tenido con uno de los legendarios Men in Black.

Cuando uno de los ufólogos le comentó que preparaba una monografía sobre Ummo, Luis repitió varias veces: «Si yo fuera usted, no lo escribiría. éste es un asunto muy peligroso. Mire lo que me han hecho a mí, el estado lamentable en el que me han dejado». Su hija, Montserrat Anglada, recordó que en 1968, poco después de publicarse su libro, acompañó a su padre a una cita en el bar de una estación ferroviaria con un misterioso hombre que dijo llamarse Pérez. Tras algunos rodeos iniciales, le sugirió que abandone sus investigaciones sobre Ummo («¿Usted no tiene miedo? Verá, don Luis, en estos temas especiales hay que tener cuidado… usted tiene familia, una hija preciosa…») y extrajo de su maletín una fotografía de la barcelonesa montaña Montserrat (¡?). El sujeto, flacucho y con gafas negras, vestía como un MIB, hablaba como un MIB, y sabía todo lo que se supone debía saber un buen MIB. Cuando se despidieron, el cruzó la avenida en forma un tanto irresponsable y estuvo a punto de ser atropellado por un taxi. Pero aquí viene lo mejor: esquivó la embestida pegando un sobrehumano salto acrobático, para luego seguir caminando lo más campante. En 1970, Anglada Font sufrió un derrame cerebral que le provocó una sordera aguda y le hizo perder gradualmente sus capacidades del habla y la escritura. Tanto este hecho como las causas de su fallecimiento fueron atribuidos a aquel encuentro. La madre de Anglada recuerda que tras el ataque no hizo más que repetir una especie de quejido ummita: «Aioumma, aioumma…» (18).

La narración del extraterrestre Pérez reedita rumores y temores tan antiguos como la génesis del mito de los platillos volantes. Con diferencia de matices, pueden encontrarse decenas de versiones similares a estos «desprendimientos benderianos» en casi todos los clásicos de la literatura especializada. Lo que sí interesa destacar es que, en el foklore ufológico de la época, la aparición de Hombres de Negro que amedrentaban a los investigadores que «metían sus narices donde no debían» estaba muy asociada con la imaginería paranoica que comenzaba a forjarse alrededor del concepto según el cual «los ummitas están entre nosotros» (19).

Algún día habrá que rendir cuenta de la ambivalente mezcla de miedo y fascinación que alimentaba las fantasías que había respecto de la posible presencia de extraterrestres infiltrados en la sociedad, en especial entre mediados de los ’60 y principios de los ’70. El temor a lo desconocido, e incluso el desconocimiento de que tanto las historias en las que se creía como algunos comportamientos asumidos eran consecuencia de ese temor, bien pudo ser la fuente del estilo que caracterizó a toda una era de amantes de la ufología, marcando a fuego las creencias de las nuevas generaciones. Si se toma en serio esta hipótesis, no pocas claves habrán de hallarse estudiando el papel que desempeñó el repertorio del cine y la tevé de ciencia-ficción que se concentró en ese período («Dimensión desconocida» [1959-1965], «Rumbo a lo desconocido» [1963-1965], «El tunel del tiempo» [1966-1967], «Perdidos en el espacio» [1965-1968], «Los invasores» [1967-1968], «Viaje a las estrellas» [1966-1969], «2001, una odisea del espacio» [1968], etc.).

Párrafo aparte merecen las intervenciones de don Pedro Romaniuk, santo patrono del contactismo que posiblemente fue el cuarto receptor local de los informes ummitas. En un artículo sin fechar publicado en el boletín de la «Asociación Adonai» (Desojo, Navarra, España) asegura haber recibido, entre otros, el sellado en Berlín del 30/8/68. Allí «rechaza de plano todas las cartas» por tratarse de una «grosera e infantil tentativa de hacer quedar mal a seres extraterrestres» aunque admite que «los habitantes de Ummo (…) existen y son reales. Se comunicaron (…) pero jamás por carta que no son necesarias sino mentalmente». El autor de «Texto de Ciencia Extraterrestre» (Ed. Ibalú, Bs As., 1978) efectuó una investigación en la que «se complementan el análisis analítico con las comunicaciones mentales en niveles oníricos y catalépticos, que llevamos a cabo bajo el flujo piramidal del único Láser Natural de Fotones en uso en el mundo», otra a través de «sensitivos o hiper-sensitivos paranormales (captando) efluvios vibracionales» quienes le revelaron que los términos del idioma ummita «no guardan entre sí la energía sónica vibracional de toda lengua común» y, por último, a través de «los verdaderos seres superiores» que «nos hicieron ver la falsedad premeditada y nefasta de la mayoría de esta correspondencia…». Entre estos seres estaría el comandante ummita «Kallowait», con quien asegura mantener contacto mental desde el 30 de marzo de 1970. En 1978, Romaniuk le escribió a Ignacio Darnaude que a partir de febrero de ese año el contactado argentino de origen ruso Eustaquio Zagorsky (inspirador del Varkulets, celebérrimo Idioma Universal) comenzó a recibir la visita de un ummita que juró «ser enviado de Rojas Darnaude de Sevilla». La criatura era alta y delgada y «atravesaba la puerta sin problema alguno, masajeando el bajo vientre de Zagorsky para curarlo de su parálisis» y le conversó sobre «un libro Kindya… que apareció entre 1916/19 como un manuscrito en una jerga Rusa, en el Convento de Sta. Catalina, al pie del Monte Sinaí» (20). Seres de ultramundos, telépatas del bien y corresponsales del mal, alienígenas sanadores y temibles criminales de las vestiduras negras, cerros sagrados en fotos y en sueños… Piezas de colección de un rompecabezas que se une en la… dimensión desconocida.

 

  1. Los ojos telecaptores del enigma ( o el nacimiento de la ummología-aventura)

 

El «destape» ummita del diario Clarín en 1979 tuvo gran repercusión. Pero la polémica tomó un cauce completamente inesperado cuando la revista Siete Días trajo bajo el brazo las «alucinantes revelaciones del hombre sindicado como el ‘contacto’ del planeta Ummo» (Ver Cap. 5) y las explosivas declaraciones de la «licenciada en Antropología» Martha González y las del investigador Adalberto Ujvari (de 23 y 20 años de edad, respectivamente), que por esos días habían comenzado a recibir llamados telefónicos donde una extraña voz «con fonemas ummitas»Êles decía: «No sigan investigando, mejor que no sigan investigando» (21). No cuesta nada imaginarse a los editores del semanario frotándose las manos.

Martha Beatriz González, bella y casi excluyente representante femenina de la ufología argentina, y Adalberto Carlos Ujvari, interesado en el affaire desde 1973, habían caído ingenuamente en la trampa del cronista, que desobedeció (sin duda para levantar la temperatura del misterio) el pedido de mantener en reserva el asunto del asedio telefónico alienígena. El tratamiento sensacionalista del tema originó una nota en la revista Humor, donde el periodista Aquiles Fábregat opinaba que los textos ummitas «tienen un tufo a prefabricado que voltea», le tomaba el pelo a los ummólogos y fustigaba el exagerado centimetraje que el diario «Clarín» y la revista «Siete Días» le habían dedicado a la cuestión (22). González y Ujvari (en adelante, G y U) se presentaron en la revista humorística «hechos unos basiliscos» y el jefe de redacción les dio derecho a réplica «para que se explayen como Wolf manda» (23). En la respuesta -un modelo de sobriedad, altura y muñeca diplomática-, G y U señalaron que las llamadas fueron «simplemente bromas efectuadas por gente que tiene demasiado tiempo que perder». Añadieron que, a su juicio, el asunto Ummo «reúne ciertas connotaciones importantes» pero que no volverían a hablar más del tema «hasta que no se consigan los medios confiables donde darlas a conocer». A pesar del tardío reconocimiento de G y U de que habían sido víctimas de una broma, las cintas con las «llamadas ummitas argentinas» no tardaron en recorrer el mundo ufológico, ya que los «damnificados» enviaron copias a Ignacio Darnaude (que las registró en el delicioso Ummocat), al Grupo de Madrid y al doctor Jean Pierre Petit, Director de Investigaciones del CNRS (24). Naturalmente, el incidente no se había manejado con la frialdad del técnico sino con el fervor del embanderado. El asunto alcanzó cierto grado de patetismo cuando Martha se convenció de que aquella era una voz que «nunca había escuchado en su vida» ya que poseía «un leve acento extranjero, que podría ser eslavo o ruso». Los temores fueron in crescendo cuando la pareja descubrió que el asedio telefónico se había incrementado mientras Ujvari recorría Albacete, investigando uno de los capítulos más siniestros de «la historia ummita según ellos mismos».

Adalberto Carlos Ujvari (Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Salvador) es, sin ninguna duda, el ummólogo argentino por antonomasia. En su adolescencia formó con un grupo de amigos la Asociación Para la Observación y Localización de Ovnis (APOLO) y tenía 14 años cuando se topó en una librería con «un librito de tapa celeste» firmado por Ribera y Farriols. La misteriosa dedicatoria a «DEII-98» lo cautivó. Al poco tiempo ya estaba en contacto con Darnaude, quien (con su transoceánica generosidad) comenzó a inundarlo de informes y a afiatar su romance con el affaire. «Estar fuera del guiso, como observador externo, me permitía analizar objetivamente los informes», señalaba Adalberto a fines del ’89, poco antes de partir a Austria, donde ahora vive con su familia.

Las andanzas, las hazañas y los infortunios que vivió Adalberto a lo largo de los 20 años en que se entregó con honradez, candor y dedicación a la causa merecerían un artículo aparte, o quizá el libro que nunca llegó a publicar. Convencido hasta los tuétanos de la procedencia extraterrestre de los ummitas, afrontó el desafío de comprobar la exactitud de los informes por el camino más difícil. A fines de 1980, él y Martha recorrieron España entrevistándose con la mitad más uno de los personajes involucrados en el affaire, incluyendo a Jordán Peña en su calidad de «testigo principal» del caso de Aluche. En Albacete continuaron la búsqueda emprendida por Darnaude tras la punta de la madeja del escabroso «misterio de la mano cortada» (25) y fue allí donde el mismo Adalberto se incorporó al mito: algunos vecinos soplaron a ufólogos no identificados que tiempo atrás había estado merodeando por la zona un jóven con apellido alemán y aspecto nórdico, que hizo muchas preguntas (en perfecto español) sobre la intrusión ummita en la vida de doña Margarita Ruiz de Lihori… Y así fue como el bueno de Adal pasó a la historia como uno de los primeros argentinos (porque, como se verá más adelante, hubo otros) sospechosos de prestar servicios para los agentes de Ummo.

El vía crucis de Ujvari y González también abarcó Digne y La Javie (donde ascendieron al pico Cheval Blanc tres veces por diferentes costados para chequear los datos contenidos en los informes que dan cuenta del aterrizaje de los adelantados de Ummo en Francia) y viajaron hasta la península escandinava (Suecia y Noruega) para tratar de comprobar qué había de cierto en la historia de la señal en código Morse presuntamente emitida por un buque noruego en febrero de 1934, gracias a la cual los ummitas se enteraron de que en la Tierra había vida inteligente… Visitaron institutos de investigaciones geofísicas y universidades sin hallar ni rastros del famoso radiograma. Esto no desanimó a Adalberto, ya que «a lo mejor no buscamos en los lugares adecuados (…) El tiempo y los medios eran escasos y no nos podíamos dar el lujo de agotar TODAS las posibilidades en, por ejemplo, tres semanas» (26).

En 1991, el tenaz ummólogo porteño no descartaba retomar aquella investigación y aún pensaba que «quien se tome el trabajo de leer un par de documentos seleccionados se dará cuenta de que TIENE que haber una inteligencia superior detrás de esto. Extraterrestre o no, no se puede tratar de un simple bromista». También sostenía que no podía echarse por tierra a la totalidad del caso por el fiasco de San José de Valderas ya que quizá «sea una estrategia interna de los de Ummo para desacreditar el tema», típico argumento infalsable fomentado en su momento por Rafael Farriols, quien sospechaba que «todo ello fue un montaje cuidadosamente preparado por los ummitas, previendo incluso que los Williams Spauldings (por el director de la Ground Saucer Watch) de este mundo saldrían un día con la ‘prueba’ de que todo era un fraude» (27) (¡¡¡!!!).

En diciembre de 1981, Adalberto ya había pasado en limpio con una máquina de escribir eléctrica 400 páginas que representaban 1.000 folios de los escritos ummitas. Ese mismo año, creó junto con Hugo Borda el llamado Grupo de Buenos Aires, reuniendo a especialistas versados en diferentes materias para que opinen sobre el alegado contenido científico de los informes. La actividad pública del grupo llegó a su punto caliente en 1983, cuando comenzó a reunirse en el céntrico café Tortoni el tercer sábado de cada mes cual tardío eco porteño de las tertulias de «La Ballena Alegre».

Las primeras dudas de Ujvari respecto de la identidad alienígena de los corresponsales comenzaron cuando un sociólogo de ese Grupo le hizo ver que «todos los datos eran teóricos, incomprobables, no nos dicen ‘2 + 2 = 4 y si no nos cree haga la cuenta’…». En 1987, casi tenía terminado un libro de 18 capítulos y más de 300 páginas que, por razones comerciales, también sería firmado por Antonio Ribera (28). El manuscrito casi no dejaba aspecto por tratar: varios análisis sobre la tipografía y los contenidos políticos, tecnológicos, comunicacionales de los informes, y hasta un repertorio de la presunta presencia ummita en la antigüedad. Lo cierto es que -hoy no se sabe si por suerte o por desgracia- «Ummo: ¿Extraterrestres entre nosotros?» siguió juntando polvo en los cajones del venerable patriarca de la ufología ibérica (29). Lejos de curarse de la ummofilia, tras su inserción en el kliqué (mundillo) ufológico austríaco, capitaneado por Reinhardt Habek del grupo «Interkosmos», Adalberto no tuvo mejor idea que ejercitar sus conocimientos del alemán traduciendo los informes ummitas, donde eran completamente desconocidos (26).

Otro es el caso de Martha González. En 1973 fundó el Grupo de Investigación de Vida Extraterrestre (GIVE) y mantenía relaciones fraternales con grupos como el Centro de Estudios de Fenómenos Aéreos Inusuales (CEFAI), coordinado por Roberto Banchs y Oscar Uriondo. Más tarde escribió un libro que nunca llegó a ver publicado, «Humanoides en la Argentina: introducción a una antropología inédita». Carismática, generosa y sensual, virtudes a las que se agregaba una amplia y variada cultura platillista, Martha estableció infinidad de contactos, siendo Aimé Michel y Jacques Vallée sus amistades ufológicas más preciadas. Su interés por el affaire Ummo se remonta al tiempo que compartió junto a Adalberto Ujvari, si bien aportó su propio anecdotario.

A fines de los ’80, por la misma época de las llamadas wolfianas, Martha confesó a varios habitués de la colonia ufológica (incluído el autor de estas líneas) que cierta vez creyó haber sido acosada por un MIB mientras leía un informe ummita en un metro -aunque pudo tratarse de un ummita (recuérdese que para el folklore de la época, ambas entidades eran intercambiables). En otra ocasión, le pidió al ufólogo Heri Janosch que pase la noche en su casa: tenía miedo de quedarse sola porque el día anterior había visto flotar en su cuarto varias bolitas de colores que atribuyó a las famosas cámaras-espía ummitas (UULODOO, para los entendidos). Martha trató de conjurar previsibles suspicacias ofreciendo a su madre de testigo: «¿Qué son esas pelotas que tenés en tu pieza, nena?», le habría dicho. Ella llegó a la habitación con la lengua afuera; pero los «ojos telecaptores» ya habían desaparecido (30).

Entiéndase que estos comentarios carecen de todo ánimo peyorativo hacia la persona de Martha González: quien esto escribe no duda de su buena fe ni de su honestidad, e incluso piensa que jamás hubiera sido importante dar estas menudencias a conocer si no fuera porque su actividad alcanzó gravitación pública mientras el asunto Ummo fue uno de los ejes de su vida. Lo que sí es cierto es que sirven para completar el perfil de alguien con creciente influencia en España, donde reside desde hace varios años. González, la misma que hoy dice ser venezolana y haber recibido por escritura automática mensajes del «Comando Ashtar», hace poco salió al cruce de la vertiente más apocalíptica del movimiento contactista señalando: «Yo no pienso huir de mi planeta cuando queda tanto por hacer aquí abajo…» (31).

Para el final de este capítulo dejamos dos piezas de la ummomanía argentina que ofrecen interesantes ángulos de análisis. Una de ellas relaciona al affaire con el contactismo tradicional; la otra, con la idea de la inexistencia del azar, que bajo las designaciones populares de «causalidad» o «sincronicidad» se han convertido en una forma muy extendida de pensar, que es casi estructural entre los creyentes en lo paranormal.

En enero de 1989, la pediatra Alicia Lombardi le reveló al ummólogo Hugo Borda que ella estaba relacionada con un grupo de contacto afincado en la localidad de San Nicolás (Buenos Aires) que mantenían comunicación telepática con seres de Ummo. De acuerdo con la profesional, los ummitas se vieron forzados a emigrar porque un planeta vecino estaba perturbando la biósfera, habiendo llegado a la Tierra en su búsqueda de seres de otros planetas que pudieran socorrerles. Contradictoriamente, la doctora Lombardi aseguró que «cuando la conflictividad terrestre alcance un nivel crítico los ummitas evacuarán a los elegidos» (¿a dónde?). La única pizca de «originalidad» que contiene el relato es que «muchos niños contemporáneos son híbridos terrestre-ummitas», cruza que habría causado «una enfermedad importada de Ummo, que ataca a la médula espinal y provoca una fragilidad ósea»… (32) Se advierte que el fantasma persecutorio de los extraterrestres-manipuladores genéticos merodea más de una variante del mismo mito.

El segundo caso resulta ilustrativo a la hora de observar la conducta de personas altamente compenetradas en la dinámica de sistemas de creencias mágicos donde «todo es posible». La adhesión compartida de que los ummitas eran quienes decían ser, creó una situación que terminó uniendo las historias de una ummóloga española, un colega argentino y una «sensitiva» rosarina.

En setiembre de 1988, la ufóloga ibérica -de quien sólo daremos sus iniciales, G. L.- inició un intercambio postal con un integrante del Grupo de Buenos Aires. La jóven madrileña (por entonces contaba con 24 años de edad) le reveló que tenía buenas razones (algunas «inconfesables») para pensar que toda su vida había estado signada por el asunto. Cuando aludía a los autores de los informes se refería a «nuestros hermanos de UMMO» y -aunque no lo decía directamente- G. L. insinuaba ser «alguien especial»… como por ejemplo, quién sabe, alguien que por sus venas corre sangre ummita… «UMMO penetró en mí desde mi infancia» (quizás porque) «siendo muy pequeña fuí testigo de un avistamiento O.V.N.I. a muy pocos metros de distancia y (por) ciertos episodios (posteriores) que han coincidido con la estancia de estos Sres. en España.», escribió en una carta del 26/9/88.

A fines de agosto del ’89, el ummólogo -de quien ni siquiera daremos sus iniciales- escribió en un papel el nombre completo de G. L. ante la citada «vidente amateur» (es decir, no una charlatana sino una creyente sincera en sus poderes parapsicológicos), de modo que hiciera un esfuerzo mental para tratar de captar una «imágenes telepáticas de su aura». Veamos algunos párrafos de la «videncia»: «(Ella) tiene una inteligencia ‘rara’, no común. Quizá tenga algo especial. (…) Está conectada con una fuente de información que no es de la Tierra. Tiene un ‘gancho’ o ‘canal’ (…) Su aura tiene una especie de ‘tubo’ en la espalda, hacia arriba.» Tras ése y otros «sorprendentes resultados» Ña la postre inverificables, pues la entrevista no fue grabada y careció de los controles más elementalesÑ, el ummólogo escribió que se le puso «la piel de gallina» cuando comenzó a buscar Ñy, por supuesto, a encontrarÑ una serie de paralelismos «numerológicos» entre fechas clave de G. L., la «vidente» y la suya propia, llegando al ramplón empirismo de sospechar que «eso no podía ser obra de la casualidad» (33).

 

  1. Los milagros de la clínica extraterrestre (o cuando los ummitas atendían en Cañuelas)

 

A fines del ’70, la controversia reaparecía en escena por el costado menos esperado. En Cañuelas, un pueblito de la provincia de Buenos Aires, había funcionado, desde 1961 hasta 1976, una «Planta de Investigaciones Médico-Científicas» a la que se le atribuían cualidades dignas de llevar al set una película que mezcle lo caminos menos trillados de la ciencia-ficción tradicional con el condimento siniestro de los trillers de suspenso, estilo «Coma». Hace poco, el caso recobró un cierto primer plano ufológico al ocupar un lugar destacado en uno de los últimos libros de Jacques Vallée, para quien ésta fue «la más curiosa y ominosa parte de la historia Ummo que nunca antes había sido publicada» (34).

Son pocos los protagonistas que se pueden jactar de haber vivido esta historia desde adentro. En enero de 1975, el doctor Analberto «Beto» Alcaraz tenía 27 años. Necesitaba trabajar y juntar experiencia. Un año atrás se había recibido de médico y no conseguía empleo, justamente porque carecía de contactos y currículum. Por eso, cuando leyó el aviso clasificado en el diario Clarín pidiendo médicos jóvenes, no dudó un segundo. La clínica que había colocado el anuncio estaba en un páramo, a un costado de la ruta nacional número 3, a la altura del km. 77 de la localidad de Cañuelas. Una joven con acento español lo hizo esperar en la recepción de la clínica que se parecía a cualquier cosa menos a la recepción de una clínica. Ejemplo: en una pared descuidada del salón, en vez de diplomas, había fotos de platillos voladores.

Al rato se acerca un hombre alto, de ojos pequeños y vivaces, que lo mira mientras se mesa una barbita entrecana, recortada a lo Freud. Era Carlos Eduardo Jerez, director y propietario del establecimiento. No le dice más que lo necesario y le entrega un formulario con cuatro ítems: «1) Simbolice a la Tierra; 2) Simbolice a su madre; 3) ¿Usted cree que se puede curar el cáncer?; y 4) ¿Usted cree en los extraterrestres?». La última pregunta, claro, le pareció un tanto desorbitada. El jóven médico respondió que sí: «Después de ver los cuadros de la sala de espera, si digo que no me echan a patadas», pensó.

Recién recibió el telegrama un año después. Al llegar, Jerez le explicó que ocuparía un puesto de médico de guardia y se entretuvo mostrándole una sala colmada de monitores de televisión, consolas, osciloscopios y un enjambre de cables que se conectaban a una campana metálica suspendida sobre una silla. «Este es el ‘Secuenciador de Neuronas’ -le dijo-, y con él logramos diagnósticos en siete minutos, mejores que con una tomografía computada, y con el que curamos todas las patologías». Beto, que hasta entonces escuchaba en silencio, le preguntó cuál era el origen de los aparatos. «De afuera. No son de acá», respondió Jerez, trazando una estela de intriga en el aire. «¿Desean tomar algo?», interrumpió la jóven asistente. «A mí traéme azufre», dijo Jerez, ante la mirada atónita del médico. «Y volcó un sobre de azufre en polvo dentro del vaso de agua y se lo tomó de un trago; pensé en salir corriendo, pero me ganó la curiosidad y acepté quedarme, más como práctica que por el dinero. Me llamó la atención ver un osciloscopio Monfrini de primera generación, un instrumento que entonces era caro y raro. Le pedí que me pague solamente los viáticos y empecé el mismo día.» (35).

La exitosa afluencia de público a la «clínica de Cañuelas» (también se la llamó «Planta de Investigación Científica Argentina Internacional de Neurología») responde a las mismas razones por las cuales suscitó la curiosidad de los ufólogos. Si acordamos en que la primera impresión es la que cuenta, el atractivo se reducía, ante todo, a una mera cuestión de impacto visual. Esto es fácil de comprender con sólo echar un vistazo a las fotografías que entonces publicaron diarios y revistas: «Aterrizado» frente al edificio (de unos 300 m.2 de superficie cubierta) se apostaba un «verdadero» platívolo, construido con un metal bruñido y rodeado por una decena de ventanillas de acrílico azul. Debajo del artefacto se emplazaba un monolito con una plaqueta de granito en la que se había grabado el logo ummita junto con la siguiente inscripción: «El servicio de inteligencia HONO (sic) a la memoria de los fundadores de esta planta – 1901», y una enigmática lista con 15 nombres. El emblema también estaba en un gran cartel y flameaba en una bandera verde y blanca estaqueada frente al portón de la planta, al lado de la enseña patria…

Antes de que la noticia llegara a los diarios, la existencia de la «clínica de los milagros» era un secreto a voces: allí se atendían pacientes aquejados por enfermedades neurológicas, oncológicas, cardíacas, y no faltaban enfermos que aseguraban haber experimentado mejorías notables. A ese rumor le seguía el otro, no menos provocativo, según el cual los «sofisticados equipos» con los que se curaba las más diversas patologías «radiaciones gamma» mediante eran… extraterrestres. Los instrumentos, faltaba más, eran «monitoreados» por sus propios dueños. Cuando Beto Alcaraz empezó a trabajar en la clínica, la réplica del platillo todavía no había sido construida. «Yo me opuse a que lo hiciera. Pero él se tomaba el asunto a pecho; su sueño era trasladar todos los equipos al plato para atender a la gente ahí adentro. Ese aparato seguro que no era extraterrestre; se lo encargó a fines del ’75 a un viejito que tenía una zinguería…»

Carlos Jerez es un personaje que no ha reparado en gastos a la hora de crear a su alrededor una cautivante aureola de misterio. Pacientes, vecinos, y médicos de la zona sabían que había logrado convencer a mucha gente, o que al menos tomara en serio la posibilidad, de que él mismo era mitad argentino, mitad extraterrestre. Como las banderas de la entrada. Los vecinos comentaban que en una conferencia afirmó que las maquinarias habían sido ideadas en Ganímedes. Pero cuando los periodistas sondeaban en esa dirección, Jerez lo negaba, sonreía para hacerse el sospechoso, o zafaba con evasivas. «Enseguida me dijo que varios de los aparatos eran extraterrestres -recuerda Alcaraz-, pero después empezó a mezquinar información. ‘Los conocimientos van a aparecer solos. Yo no te puedo decir todo, son cosas secretas’, me decía. Yo no preguntaba demasiado porque no quería que desconfiara de mí y porque me dí cuenta de que mentía para desconcertar. Hablaba con una seguridad pasmosa; era la seguridad del loco. Lo máximo que me llegó a decir es que había otra ‘central’ oculta en la cordillera de los Andes».

Las calderas de la leyenda eran alimentadas por varios activistas de la fauna platillista local. Entre los promotores más o menos estridentes estuvo don Pedro Romaniuk. En 1978 decía que en la ‘clínica’ se habían tratado «16.500 casos de ‘enfermedades incurables ya deshauciadas’ por la medicina clásica (…) había 5 estaciones de radioaficionados y más de 100 aparatos, uno más extraño que el otro… todo ello necesitaba como un millón de Voltios de energía eléctrica y… estaba situada en el medio de un campo de 100 kms. donde no llegaba un solo cable de electricidad (…) La cabeza de todo era (es, me comunico con él cada semana) un joven de 37 años que es un sabio casero, y estoy en conversaciones a nivel del presidente para que no se lo lleven fuera del país. Carlos (Jerez) habla de los oummitas como yo puedo hablar del almacenero…»Ê(36) Romaniuk y muchos otros entusiastas se hacían eco de los dichos del «sabio» al pie de la letra, cuando no los exageraban o embellecían, y ni siquiera se tomaban la molestia de averiguar si la ‘planta’ poseía o no generador eléctrico propio (como lo poseía efectivamente).

Jerez nació en 1939 en la localidad de Baradero (Buenos Aires), y sus conocimientos de medicina eran tan planos como el electroencefalograma de una momia. «Una vez se compró una enciclopedia de anatomía porque ni siquiera sabía donde estaba el esófago», evoca Alcaraz. En realidad, Jerez era técnico en radio y televisión y, por si queda alguna duda, la aparatología que usaba en la clínica había sido construída con sus propias manos. Se declaraba heredero de un «proyecto de investigación químico-médico-física» que inició en Francia, en 1901, Gaspar Asprella, su abuelo materno. Según Jerez, su abuelo, hijo de un francés y una española, llegó a la Argentina en 1937, reuniendo a la gente que figura en la plaqueta, que mandó a hacer en 1976. Jerez se hizo cargo de la planta a partir de 1955 y ésta funcionó en distintos pueblos del conurbano bonaerense hasta 1961, cuando se instaló en Cañuelas. En distintos reportajes dijo que la iniciativa había contado con importantes apoyos políticos (que iban desde Juan Domingo Perón hasta el general Juan Carlos Onganía) y financieros (desde Porcelanas Hartford hasta Mercedes Benz). Pero cuando comenzó el asedio judicial, no pudo probar que nada de esto fuera cierto, y la verdad es que vivía del arancel que cobraba a quienes acudían a su establecimiento. «El estaba seguro de que su técnica funcionaba -explica Alcaraz-, y, de hecho, todo lo que ganaba lo invertía en equipos y en continuar sus experimentos. Venían entre 20 y 30 personas por tarde, y casi todos los pacientes eran gente de clase media para arriba».

En las primeras líneas de un informe que entregó a un grupo ufológico, Jerez explicaba la filosofía de su «técnica» de esta manera: «Se comienza a investigar a través de un proceso de esquizofrenia, y con el propósito a fin de comprobar la teoría del abuelo; el hombre científicamente no existe, es un elemento recargable-humano y transmisible; si es un elemento tiene dos polos y un punto medio; o sea -Cefálico Positivo-Medio: Yutron-Podálico Negativo; en definición: una pila con comportamiento matemático-para tal prueba se encuentra el núcleo del átomo y se empieza a alimentar nuestra madre con Potacio-Magnesio y Azufre; produciendo un núcleo infraestructural energético compensatorio…» (Se respetaron subrayados y horrores gramaticales y ortográficos del original. Aquí se comprende su gusto por el azufre) (37).

El estilo súper-califragilístico-espialidoso de la oratoria de Jerez conseguía asombrar a pacientes, ufólogos, y a todos aquellos unidos por la esperanza de que algo de cuanto decía contuviera al menos una miga de verdad. Su megalomanía surge patente en un párrafo que luego tuvo el pudor de tachar. Observado por sus destinatarios a trasluz, el texto revelaba que «en secreto he creado en el mundo un servicio de inteligencia con el único propósito de saber si yo era inteligente rondaba en las opiniones extranjeras vertidas sobre quién soy en realidad; utilicé un signo en forma de herradura en mi impresión digital; y me dirigí a todos los grandes Científicos del planeta con mis diatermas, y esperé, la espera fue efectuosa y triunfé; en el planeta se decía y se escribían libros de mi persona, siendo mis temas y teorías Inteligentes…» Jerez rubricaba su papelería usando su pulgar como sello, colocando entre el dedo entintado y el papel el emblema ummita…

Beto Alcaraz reconoce en él a un tipo astuto: «Sólo atendía a los que venían con una nota de recomendación de un coronel, de un legislador o de un obispo para arriba; y con eso se cubría. A mí y a Eduardo Salatino, el otro médico, que era homeópata y radiestecista, nos había contratado para que la clínica tuviera una fachada legal.» Entre otras proezas, Jerez presumía de controlar un rayo capaz de detener a los automóviles que pasaban por la ruta (experiencia que habría sido comprobada por el propio padre Reyna, fallecido a principios de los ’80), y de pronosticar la aparición de ovnis. «Decía que ‘reflectoreaba’ el cielo con un aparato y que se contactaba con ellos por radio. Una noche predijo que se verían cerca de la laguna de Lobos. Fuí con mi familia en una casa rodante y ahí esperamos hasta las 3 de la madrugada. No pasó nada y nos fuimos a dormir. A la mañana apareció él con su Chevy y nos dijo que había visto pasar a las naves a las 4…»

Las actividades de Jerez saltaron por primera vez a la prensa en junio de 1976, cuando el Ministerio de Bienestar Social clausuró la planta. Ante las insistentes consultas de ufólogos y periodistas, Jerez respondía que la Secretaría de Salud Pública de la provincia de Buenos Aires lo había obligado a bajar las persianas al comprobar que los dos médicos que se desempeñaban en ella carecían de matrícula provincial (37, 38). Esto era verdad. Pero a eso se le sumaba que Jerez no podía ser el director si no era médico. El establecimiento, además, no estaba legalmente habilitado (39).

Desde octubre de 1974, los Círculos Médicos de Morón y Cañuelas venían denunciando que Jerez era un charlatán y que allí se practicaba liso y llano curanderismo. «Los más ignorantes dicen curar con sapos, naipes y yuyos» -declaró a «Siete Días» el doctor Somaiel Harón, del CMC. «Estos, en cambio, usan un secador de cabellos y lucecitas de colores». Mientras tanto, los medios habían comenzado a difundir las protestas de los familiares de pacientes «considerados deshauciados por la medicina ortodoxa», y reclamaban que se les permitiera continuar con el «tratamiento» que habían iniciado (40).

En su libro «Revelations», Vallée afirma que Jerez «desapareció sin dejar rastros». En realidad, estuvo «desaparecido», pero solamente tres meses y por obra y gracia de la dictadura militar. «Lo pasaron a buscar una noche a las 4 de la mañana -revela Alcaraz- y fue acusado de terrorista. Los militares lo torturaron y casi no cuenta el cuento. Después de tres meses, un grupo de pacientes averiguó donde estaba detenido. Tocaron a algún ‘pez gordo’ que influyó para que lo pusieran a disposición del Poder Ejecutivo, que fue su pasaporte de supervivencia. Cuando lo fuí a visitar a la cárcel me contó que le habían dado con todo… Lo largaron a los dos meses». Regresó a Baradero, su pueblo natal, y desde entonces trabaja en una papelera con un empresario que -agradecido porque Jerez «lo había sanado de un mal incurable»-, le regaló la mitad de las acciones. La moraleja es significativa: la empresa fabricaba papel higiénico y la marca del producto era «HONO», luciendo el elegante logotipo ummita en su envoltorio. En febrero de 1983, el ‘sabio casero’ que descubrió en el affaire ummita un punto de anclaje para hacer más llamativa su «alternativa terapéutica», no perdía la esperanza de reiniciar sus «estudios». Pero lo cierto es que siguió visitando las cárceles argentinas durante algún tiempo más.

Aunque parezca increíble, no pocos ummólogos llegaron tomar en serio la posibilidad de que Jerez fuera «la conexión argentina» del ya legendario fraude de los corresponsales anónimos. En 1979, Alcaraz comentó a Ujvari y Janosch que creía que «el 90 por ciento de los relojes, lámparas, amperímetros y voltímetros que se veían en los paneles estaban de adorno». En mayo de 1980, ambos ufólogos le refirieron el detalle a Vallée cuando éste visitó la Argentina. Y el autor de «El colegio invisible», en vez de suponer un móvil más simple, se quedó escuchando entre pensativo y fascinado; a lo mejor, porque el asunto de los displays se ajustaba maravillosamente a su teoría de la conspiración terrestre…

Pero… ¿Vale la pena detenerse a conjeturar que la parafernalia de Carlos Jerez pudo formar parte de una «operación clandestina», como insinúa Vallée en su libro? El ufólogo que pasó a la historia encarnado en el papel del doctor Lacombe en «Encuentros Cercanos…», el film ufológico más representativo del siglo XX, se saltea contínuamente algo que sus colegas llaman «rasero de Occam» o, mejor, principio de parsimonia. El hilo, como siempre, se corta por lo más delgado: No hay ninguna razón para descartar que Jerez haya adoptado el logo inspirándose en las notas publicadas por 2001, en los fascículos de Ciclope, o en cualquier otro libro o revista española de la época; la mujer de Jerez era de esa nacionalidad, nativa de Pontevedra, y el emblema lo empezó a usar a mediados del ’70. Pero ante todo, ¿es creíble que una «agencia terrestre» aficionada a implementar técnicas de confusión e intoxicación decida confiar el futuro de sus ambiciosos «proyectos de investigación» en un bizarro conjunto de personajes que recorren el amplio espectro que incluye austeros espíritus religiosos, crédulos sinceros, charlatanes profesionales, fanáticos religiosos, y hasta débiles mentales? Esa muestra de «apertura mental» (o, mejor, de «expansión mistérico-delirante») es sin duda admirable en un autor de periodismo fantástico, estilo J. J. Benitez, pero imperdonable en alguien que se presenta como investigador científico.

No hace falta hilar tan fino. Jerez personificó el mito científico del sabio-genial-pero-incomprendido que llegó a verse a sí mismo como una especie de Dr. Frankestein de la era espacial. El ámbito donde operaba con «máquinas desconocidas para el hombre» no era funcional sino pura escenografía, un montaje donde no prevalecían criterios de utilidad sino una verdadera estética del engaño. Jerez parecía conciente de que sólo lograría incrementar su éxito y colmar sus ansias de celebridad social introduciendo elementos fantásticos (tanto en el contenido platillista de su discurso como en la concepción de su «laboratorio») y -quizá- también fue víctima de autoengaño cuando la mejoría circunstancial de algunos de sus «pacientes» lo convencieron de que sus recursos podían ser eficaces.

En el «caso Cañuelas» confluyeron los mismos soportes espontáneos que surgen cuando un sitio se transforma en leyenda: la fuerza de un personaje carismático con recetas secretas y una misión salvadora, el poder milagroso de tecnologías de origen cósmico, el «toque de seriedad» a cargo de autoridades científicas y ufológicas convalidando el potencial carácter sobrenatural del enigma, la simpatía subterránea de multitudes que necesitan aferrarse a lo imposible, y la inevitable intervención combinada del Poder (léase el gobierno, la justicia y la ciencia) tratando de sepultar las creencias supersticiosas; con exordios ministeriales, el Código Penal y la fuerza brutal de las armas, los unos; con argumentos racionales e indignación moral, los otros.

Quedan fuera de este racconto «Tlön, Uqbar Orbis Tertius», un magnífico cuento de Jorge Luis Borges con fuertes reminiscencias ummitas (al que Vallée dedica otro apartado especial, sin mencionar que Janosch fue quien le hizo notar los paralelismos en 1980) (41) y la instructiva broma-experimento realizada por Ujvari, González y Alcaraz en 1981, revelada por Janosch en 1987 (42) y ampliada por Ujvari más adelante (43). No hay de qué.

 

  1. Conclusiones a punta de pistola (o cuando el lector pide clemencia)

 

Si bien en la Argentina el affaire Ummo no alcanzó los niveles de popularidad que sí tuvo en España, hemos visto que no tiene nada que envidiarle en cuanto a la calidad dramática que fueron recreando sus múltiples guionistas. Por mínima que haya sido su influencia, nadie nos quita lo bailado: creemos que valió la pena repasar los vericuetos de su presencia social en la Tierra del Plata porque siempre es útil mostrar el heterogéneo y sin embargo conexo sinfín de embrollos que puede desencadenar un disparador suficientemente espirituoso, ya sea un enigma auténtico o, como en este caso, más que humano y artificial.

Ahora bien; cuando se acerca el punto final, los autores de textos ufológicos suelen afanarse por rematar el texto con una idea fuerte y, en lo posible, dejarlo todo en suspenso, tanto como para no cauterizar definitivamente el misterio. Por desgracia, éste no es el caso: la maravillosa historia de Ummo, antes que un «experimento cuidadosamente diseñado», evoca la escena de una familia de gatos jugando con un ovillo de lana. Una vez que la madeja empieza a enredarse, llega una instancia en que hablar de «inteligencias externas» o «internas» (visitantes de mundos fantásticos, maquiavélicas agencias paraoficiales o un contubernio de científicos lunáticos), que invirtieron tiempo y fortuna para someter a su capricho un fárrago de creencias que en realidad pueden emerger y prosperar con la cooperación premeditada de unos pocos (y las bromas, los fraudes, la inocencia y la necesidad de creer de unos cuantos), no sólo es estéril e innecesario: también puede ser un perfecto acto de cretinismo intelectual.

Es lo que pasa con los misterios de apariencia bella y compleja, que calan profundo en diversos entrelazamientos sociales, y con los misterios modestos que, por su efecto espectacular, perduran con el correr de las décadas. Esta observación se intensifica cuando caemos en la cuenta de que el cúmulo de evidencias sugiere que los hombres son bastante dados a manipular sus propias creencias hasta volverlas mamarrachos irreconocibles, entrampándose en las telas de araña que, casi inadvertidamente, tendieron ellos mismos.

Antes del fin, es preciso insistir en que para entender la naturaleza de estos procesos no hacen falta estrategas geniales ni ufólogos cuánticos, sino científicos sociales preparados para descifrar el entramado de conductas, estados de ánimo, y costumbres de hombres y mujeres que llegan a enamorarse tanto de las buenas historias que el día menos pensado dejan de ser espectadores para convertirse en protagonistas.

 

Alejandro Agostinelli,

Buenos Aires, marzo de 1994.

 

Notas y referencias:

 

1) La revista «2001» comenzó a salir en octubre de 1968. Una primera etapa, casi completamente platillista, fue dirigida por dos periodistas históricos, los Enriques Loiacono y Llanas. Pero la revista, en verdad, era «protagonizada» por Alejandro Vignati, uno de los primeros periodistas argentinos especializados en ovnis que vivió varios años en la España de los ’70 y encontró el final de su vida en Caracas, en octubre de 1982. El estilo de las crónicas de Vignati era poco pulido, emotivo y superficial. Su mayor mérito consistía en «hacer vivir» al lector el clima de sus investigaciones, infundiendo un contagioso espíritu de aventura. Aunque en sus reportajes muchas veces invocaba a la «objetividad periodística», el «loco Vignati» (como lo llamaban sus amigos) se esforzaba por enfatizar la naturaleza extraordinaria de los hechos. La carga «ideológica» recaía en el escritor y poeta Eduardo Azcuy, un intelectual argentino que siguió maravillado con los ovnis hasta su deceso, en enero de 1992.

2) 2001  N° 11, junio de 1969, Buenos Aires, pp. 8-15.

3) 2001  N° 12, julio de 1969, Buenos Aires, pp. 8-15.

4) ABC, 17/9/68. La noticia llegó a la Argentina a través de la agencia ANSA y fue reproducida en el diario La Razón el 18/9/68.

5) La Actualidad Española, 12/12/68. Curiosamente, el «ET» Atienza le informó a Sinod (seudónimo de Francisco Donis Ortiz) que si bien había nacido en el planeta Urln, él era descendiente de españoles raptados en la Argentina en el siglo XVII. (Ver Cabria, Ignacio; «Entre Ufólogos, Creyentes y Contactados», Ed. CdU, Santander, 1993, p. 52.). El truco de ilusionismo mediante el cual Sinod intentó convencer a los ufólogos de sus facultades telepáticas fue desenmascarado por D. G. López y F. Ares de Blas en «El último capítulo de Urln», 2001 N° 20, marzo de 1970, Buenos Aires, p. 49.

6) En el informe con fecha 28/2/69 dirigido a Francisco Donis Ortiz, los ummitas ¡se toman en serio los contactos de éste con los seres de Urln! y desmienten haber sido ellos los donantes de tales insignias.

7) 2001 Nros. 16, 17, 18 y 20.

8) Ed. Tesoro, Madrid, 1969. Cita perteneciente al rubro «tentaciones irresistibles»: El mismo nro. 20 de 2001 incluyó una carta abierta de Sesma donde hacía las reflexiones más agudas que jamás tuve ocasión de leer en otro texto de la época: «Los investigadores científicos de los OVNIS no hacen otra cosa que una especie de coleccionismo de casos con comentarios más o menos habituales y escamoteando siempre el hecho más desconcertante y fundamental de que LOS EXTRATERRESTRES SE CONTRADICEN». Los «espirituales o místicos» también tenían su merecido, pues de ellos «sólo podemos decir que se reducen a recibir mensajes para que seamos buenos y la Humanidad no se destruya, olvidándose de que el consejo es lo más fácil de decir y lo más difícil de hacer». En las justas palabras de Antonio Ribera, ése era el «bueno, idealista y sincero» de Fernando Sesma.

9) El primer capítulo de «¡Guerra de los Antartes!» se publicó en el N° 22 (mayo de 1970) y el último en el N° 31 de 2001 (febrero de 1971).

10) 2001  N° 23, junio de 1970, Buenos Aires, p. 66.

11) Entrevista del autor, Buenos Aires, 23/3/94. «¿Sabés cómo se nos ocurrió tocar el asunto de los Hombres de Negro? Estábamos alrededor de la mesa discutiendo temas para el próximo número y Vignati no llegaba. Al rato, aparece agitadísimo contándonos que se entretuvo conversando con un tipo de un aspecto siniestro, que le había tocado el timbre de la casa. La charla venía bien hasta que vio unos cables que asomaban de la botamanga del pantalón. ‘¡Listo!’, dijimos, ‘¡Ahí estaba el tema!'»

12) Marhic, Renaud; «L’ Affaire Ummo: Les extraterrestres qui venaient du froid». Les Classiques du Mystére, 1993.

13) Ed. La mandrágora, Buenos Aires, 1956.

14) Cabria, Ignacio; Op. cit. p. 33.

15) Copias de estos mismos informes fueron recibidas desde Berlín oeste los franceses René Fouéré, Aimé Michel y al italiano Gianni Settimo. (Ver Ribera, Antonio; «¿De veras los OVNIS nos vigilan?», Plaza & Janes, Barcelona, 1976, p. 99.) En su «Special Ummo» de mayo de 1992, la revista Ovni Presence (N° 47) resucita las cartas y sobres enviados a Fouéré, director de la revista gala Phénoménes Spatiaux, y a Settimo, director de Clypeus, donde se advierte que son idénticos a los recibidos en la Argentina, despachadas también el 30/8/69 desde Berlín. (Ver Fouéré, Francine; «Une lettre parmi tan d’ autres», pp. 31-34 y Mancusi, Bruno; «Ummo en Italie», p. 36. En «La lettre de Berlin» [pp. 32-33], el redactor de OP Dominique Caudrón señala que había «numerosas faltas de ortografía y gramaticales en el original, que fueron corregidas en la versión publicada por Ribera».)

16) Arverás, José (Seud.); «Los que vinieron de Ummo», Clarín, 10/4/79, Buenos Aires.

17) Anglada Font, Luis; «La realidad de los OVNI a través de los siglos», Ed. Kier, Buenos Aires, 1″ ed. 1968, 2″ ed., 1979.

18) Entrevistas de Martha González y Adalberto Ujvari. Apuntes del autor de abril de 1979, más otros datos «recuperados de la memoria» (por entonces éramos tozudos cientifistas y despreciábamos las historias más jugosas, sin conciencia de su valor folklórico). Ver resumen por I. Darnaude de las cartas de Ujvari (20/2 y 27/3/80) en Ummocat, ref. N° 2.375.

19) Véanse, por ejemplo, las ref. N° 2.020 y 2.022 del Ummocat de I. Darnaude. Cita el encuentro en un café del centro de Madrid entre el productor de la película «El hombre que vino de Ummo» (Fregonese, 1968) y «Paco, un individuo muy alto, con gafas oscuras y embutido en un abrigo negro abrochado hasta el cuello». El MIB le sugirió cambios en el guión y le entregó unos sobres cerrados con documentos ummitas, que el productor jamás abrió.

20) Carta de P. Romaniuk a Darnaude, Bs. As., 3/4/78.Ummocat, ref. N° 276.

21) Taboada, Jorge; «¿Encuentro Cercano de Tercer Tipo en Cañuelas?», Siete Días N° 619, Buenos Aires, 8/5/79.

22) Fabregat, Aquiles; «¡Ahora resulta que los extraterrestres vienen de ‘Ummo’! La Era Espacial y la Era del Macaneo», Humor Registrado, Buenos Aires, mayo de 1979, pp. 59-61.

23) Ujvari, A.; González, M.; «Los ovnílogos se defienden con ufos y dientes», Humor Registrado, junio de 1979, p. 20. (Imperiosa digresión personal: Es preciso aclarar que siento tanto aprecio por Martha y Adalberto, responsables de mi ingreso en los ambientes platillistas, que debí hacer un esfuerzo extraordinario para que mis sentimientos afecten lo menos posible la fidelidad del presente capítulo.)

24) «Llamadas ummorísticas», en Boletín Ufológico Año II, N° 3, marzo 1980, p. 22 y Ummocat, ref. N° 2.372. En febrero de 1980, el que suscribe descubrió que los autores de los telefonemas recibidos por G y U desde setiembre de 1979 hasta octubre de 1980 eran dos respetables ufólogos, Alejandro E. Chionetti y Guillermo C. Roncoroni, como luego lo admitieron. Los impostores se limitaron a imitar la voz pausada y gangosa que le supusieron a los ummitas, logrando cierto efectismo con un grabador descompuesto. (Curiosamente, por la misma época nuestro amigo Chionetti también andaba por la calle con un sobretodo enroscado hasta la nariz, sintiéndose observado y vigilado por presencias extrañas.)

25) Ribera, Antonio; «Ummo: la increíble verdad», Plaza & Janes, Barcelona, 1985, pp. 173-221

26) Ujvari, Adalberto; Comunicación personal, St. Pšlten, Austria, 12/5/91.

27) Ribera, A.; Op. cit. p. 162.

28) «Libro en preparación de Adalberto Ujvari», Ummocat, ref. N° 476.

29) Ujvari, Ref. cit. ref. 25. «El libro nunca salió porque sus ex amigos del Grupo de Madrid lo amenazaron con llevarlo a juicio si insistía con el tema. Finalmente, el juicio lo hizo la editorial por no entregar el material prometido.»

30) Carta de Ujvari a Darnaude en Ummocat, ref. N° 2.372.

31) Carballal, Manuel; «El plan de evacuación. ¿Se acerca el final de los tiempos?», Más allá de los OVNIs, Ed. Heptada, Madrid, 1993, Tomo 1, Cap. 5, p. 114.

32) Ummocat, ref. N° 596.

33) Copias del intercambio postal se conservan en el archivo del autor. Las razones del anonimato son obvias: se trata de correspondencia privada, confiada por un miembro del Grupo de Buenos Aires.

34) Vallée, Jacques; «Revelations. Alien contact and human deception», ver cap. «Strip Tease: Cañuelas, Argentina, 1979», 1991, pp. 117-121.

35) Entrevista del autor, Buenos Aires, 18/3/94.

36) Carta a I. Darnaude, agosto de 1978.

37) Carta de Jerez dirigida al director del boletín ufológico Canopus, fechada el 21/6/76, que adjuntaba un informe titulado «Nacimiento de la planta del país».

38) Taboada, Jorge; Op. cit. ref. 20.

39) Copia de la Resolución Nro. 2913-1000/75 suscripto por la Asesoría General de Gobierno, Ministerio de Bienestar Social. (Archivo Roberto Banchs).

40) Algunos títulos de las noticias publicadas en junio de 1976: «Ha Sido Clausurada en Cañuelas una Extraña Planta Donde Según se Informa se Atendía a Enfermos que no Tenían Cura» – «Intervienen las Autoridades en un Caso Extraordinario que se Ha Registrado en Cañuelas (La Razón) – «Proceso a la clínica de los milagros» (Siete Días, 11/6/76).

41) Vallée, Jacques; Op. Cit., ver cap. «Strip Tease: Buenos Aires, Argentina, 1947», 1991, pp. 121.

42) Janosch, Heriberto; «El origen de un estremecedor informe ummita al fin es revelado», en Cachetazo al ego, Año 1, N° 1, Buenos Aires, marzo de 1987, pp. 10-13; republicada con el título «Ummo: La increíble verdad» en Cuadernos de Ufología N° 5, 2″ época, abril de 1989, Santander, pp. 46-47.

43) Ujvari, Adalberto; «La verdad sobre ‘Ummo: La increíble verdad'», Cuadernos de Ufología N° 7, 2″ Época, enero de 1990, Santander, pp. 46-47.

 

Agradecimientos: A Adalberto Ujvari, porque fue el único ufólogo que supo mantener viva mi llamita de interés en Ummo aún cuando nunca pude digerir la historia / A Ariel Ciro Rietti, por su amistad y su confianza al permitirme revisar sus originales / A Luis R. González y José J. Montejo, por sus comentarios y su asistencia bibliográfica / A Roberto Banchs y Analberto Alcaraz, por sus materiales sobre la clínica de Cañuelas / Al admirable Ignacio Darnaude, por su Ummocat , titánico diario del mito* / A Martha González, porque fue ella quien me inició en la Ufolandia 2000**, sana costumbre que pueden cultivar los chismosos… pero también, como demostró Ignacio Cabria, los antropólogos del mito.

 

* Una nota de color sobre la obsesiva pulcritud del enciclopédico catálogo darnaudeano: ¡la entrada N° 2.391 registra hasta una horrible caricatura que hice en mayo de 1980 de Adalberto Ujvari a punto de dar el tijeretazo al cordón que sostiene el plato de San José de Valderas!

 

** Expresión inventada por Martha que aludía a la revista Radiolandia 2000, dedicada a cotilleos de la farándula artística.

 

 

 

 

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