El hombre que susurraba a los ummitas (J.J. Benitez 2007)

Descripción

El hombre que susurraba a los ummitas (J.J. Benitez 2007)

 

El hombre que susurraba a los «ummitas»

Editorial Planeta. 324 páginas. Tapa dura 15×23 cm. Publicación: 17 de abril 2007 en España.

Aunque jamás se apartó de la investigación, J.J. Benítez regresa a uno de sus temas favoritos: los ovnis. Y lo hace con un caso especialmente polémico: «ummo». A partir de 1966, y durante más de veinte años, un grupo de ciudadanos recibió decenas de cartas y mensajes procedentes, al parecer, de una civilización extraterrestre: los «ummitas». La polémica no se hizo esperar. ¿Se trataba de un fraude? ¿Qué había de cierto en aquellas comunicaciones? El hombre que susurraba a los «ummitas» será de obligada lectura. 

1. Una extraña coincidencia
2. «Gente pequeña que volaba»
3. Nave «Ummita» en 1954
4. A la búsqueda de la India Quechua
5. Otros casos «Ummitas»
6. El cuento del lobo
7. Doña Rogelia, amores y el cabo justo
8. «Pardal»
9. Algunos comentarios inevitables
A Fernando Calderón y a Rafael Farriols.
Ahora, ellos saben que la intuición camina siempre por delante de la razón.
Y a Angelines Coloma, mi querida «Sherlock Holmes»

1. UNA EXTRAÑA COINCIDENCIA

Harry Mallard era un hombre apacible, siempre sonriente y bien dispuesto. Aquel jueves, 26 de enero de 1995, conversé con él por última vez. Harry falleció meses más tarde. Y en aquella postrera y cálida conversación -cómo no- me las ingenié para sacar a flote el viejo tema, casi nuestro tema. El inglés sonrió y, con cierto cansancio en la mirada, anunció que estaba a punto de abandonar sus investigaciones. Creí comprender. Mi cordial amigo llevaba cuarenta y tres años con aquel asunto. Cuarenta y tres años para nada…

Me presentaron a Harry en 1974. Desde entonces, a lo largo de veintiún años, tuve la fortuna de escuchar su historia en repetidas oportunidades. Siempre fui yo quien le salió al encuentro y quien preguntó por aquel singular suceso en Sudáfrica. Y Harry, paciente y entrañable, repetía el relato y lo hacía de forma impecable, sin desviarse ni entrar en contradicción. Y así, como digo, durante más de veinte años… En otras palabras: no tengo la menor duda sobre la historia que me dispongo a exponer y que vio la luz pública en 1979(1). No es mi costumbre repetir un mismo caso en dos libros diferentes. Si lo hago es por una serie de razones que iré desgranando poco a poco y que, estoy seguro, el lector sabrá comprender en su momento. Y Harry Mallard, como decía, volvió a contarme la vieja historia. La fecha exacta es el único dato que permaneció oscuro en su memoria. Pudo ocurrir en el verano de 1951 o quizá en el otoño-invierno de 1952. En las últimas entrevistas, Harry se inclinaba por la segunda. 

«Fue en julio de ese año [1952] -insistió- cuando empecé a trabajar para la compañía Contactor, dedicada a la fabricación de instrumentos y al servicio de la British Reostatic…

»En ese tiempo vivíamos en un lugar llamado Paarl, a cosa de cuarenta kilómetros de Ciudad del Cabo. La granja en cuestión, llamada «Lilly Fontein», se alzaba a poco más de cinco kilómetros de Paarl y muy cerca de la carretera que conduce a la montaña de Drakenstein…

»En aquel apartado lugar, y en aquel tiempo, mi esposa tenía problemas a la hora de ir a la compra. Por allí no circulaban autobuses y el único medio de transporte era mi coche. Lamentablemente, yo lo utilizaba para ir y volver del trabajo. Así que decidimos comprar un pequeño automóvil francés, de segunda mano, ideal para los desplazamientos cortos…

»Yo, entonces, tenía unos treinta y dos años y, la verdad, no nos sobraba el dinero…

»La cuestión es que permanecí varios días reparando y poniendo a punto el citado vehículo. La última jornada trabajé en él hasta casi las once de la noche. Pero, cuando quise arrancarlo, la batería no respondió. Probablemente se había descargado. Me lavé las manos y opté por dejarlo para la mañana siguiente. Estaba muy cansado. Y así lo hice. Me acosté e intenté conciliar el sueño. Fue imposible. A los quince o veinte minutos, volví a levantarme. No podía entenderlo. Y decidí probar fortuna con el coche de mi mujer. Lo empujaría por el camino hasta la carretera. Si conseguía ponerlo en marcha, lo conduciría hasta una meseta existente en la montaña. El viaje representaba una hora, más o menos; tiempo más que sobrado para cargar la batería.

»Dicho y hecho. Salté de la cama. Me puse unos pantalones cortos y salí al exterior. La noche era espléndida, con una hermosa luna. Empujé el automóvil y, efectivamente, arrancó…

»Mi intención, como ya te he comentado en otras ocasiones, era conducir hasta un paraje situado a poco más de ochocientos metros de altitud, en las proximidades de Groote Drakenstein [hoy, Du Toit’s Kloof]. Necesité una media hora para alcanzar la meseta ubicada en dicha montaña. La luna iluminaba el lugar y el pico del Drakenstein proyectaba una larga sombra que ocultaba parte de la meseta…

»Serían las 23.15, aproximadamente, cuando procedí a dar la vuelta. La batería había respondido. Era el momento de regresar a casa…

»Fue entonces cuando vi al hombre. Salió de la zona oscura de la explanada y me hizo señas para que detuviera el coche. Así lo hice, y le pregunté qué le ocurría. Se aproximó a la ventanilla y exclamó:

»»¿Tiene agua?» Le contesté que no. Entonces, aparentemente contrariado, replicó: «Necesitamos agua urgentemente»…

»No sabía muy bien qué estaba pasando, pero, al notar su contrariedad, comenté que, al otro lado del sendero, había un arroyo. «Si quiere -le dije-, puedo llevarlo.» ¿»Está muy lejos?», preguntó. «Más o menos a quinientos metros. Es agua procedente de la montaña, muy buena…»

     »El hombre aceptó y se sentó a mi lado. Casi no hablamos. Entonces dirigí el vehículo hacia el punto por el que pasaba el riachuelo, muy cerca de la carretera. Al detener el coche, caí en la cuenta de un detalle: ni él ni yo disponíamos de un recipiente para el agua. Cuando le pregunté sobre el particular, respondió que no tenía. Todo aquello, en efecto, era muy extraño. Su inglés, incluso, era raro. En Sudáfrica vive gente de muchas nacionalidades, cada cual con su acento. Pues bien, este hombre hablaba un inglés casi de laboratorio…

     »Le dije que no se preocupara: Yo tenía una lata de dos galones y medio. Serviría… »Bajamos al arroyo por el lado del puente y procedimos a limpiar la lata. Estaba sucia, con restos de aceite. Nos turnamos, empleando puñados de grava y arena. Una vez concluida la operación de limpieza, llenamos la lata y regresamos al automóvil…

»El hombre, entonces, me indicó que lo dejara donde lo había encontrado. Así lo hice. Y al llegar a la meseta señaló un lugar en la sombra: «Allí, por favor.» Era la zona más oscura. Insistió con la mano, marcando un punto. Fue entonces cuando lo vi por primera vez…

»Era un aparato -lo que hoy llaman un ovni- posado en el suelo. Me encontraba a unos cien metros de la carretera. Recuerdo que dudé, y el hombre me animó a continuar. Llegamos a quince o veinte metros del objeto. Era grande. Calculo que de unos diez o quince metros de diámetro y otros cuatro de altura. Se veía luz por la parte inferior. El hombre salió del coche y yo, algo temeroso, hice lo mismo…

»No podía comprender. Yo no creía en esas cosas. El hombre, entonces, caminó hacia el ovni y, con un gesto amistoso, me animó a que lo siguiera. Yo estaba muy impresionado. Insistió y fui tras él. Subimos por una escalerilla y fuimos a parar a una especie de sala circular. Allí había luz, mucha luz, aunque no sé dónde estaban las bombillas. Parecía salir de las paredes…

»Era un lugar con un banco o asiento corrido bajo unos grandes ventanales. Sobre dicho banco aparecía un hombre tumbado. Frente a él, observándolo, descubrí a otros tres individuos. Recuerdo que, poco antes, le había preguntado para qué necesitaba el agua. El hombre habló de un pequeño accidente. Uno de su gente -dijo- se hallaba herido. Por eso necesitaba el agua…

»El hombre me pidió que esperase. Entonces se aproximó al grupo, dejó la lata y regresó en cuestión de segundos. Siempre permaneció entre sus compañeros y mi persona. Estaba claro que no quería que me acercara al herido…

     »Cuando retornó, le pregunté si necesitaban un médico. Podía acudir al pueblo y traerlo. Se negó. Dijo que no tenía importancia. «Al penetrar en la atmósfera -aseguró-, una de las ventanas se rompió.» Por más que miré, no vi rotura alguna. Todo estaba bien. Las ventanas eran cuadradas, de unos 90 por 60 centímetros, con las esquinas redondeadas. Lo asombroso es que, a pesar de las ventanas, la luz del objeto no se veía desde el exterior…

»El suelo era metálico y muy duro, con pequeños nódulos que formaban un patrón. Había que tener cuidado porque resbalaba…

»El hombre, entonces, preguntó si tenía interés por conocer alguna otra cosa. Le dije que sí. Como ingeniero, sentía curiosidad por saber cómo funcionaba aquella nave, porque de eso se trataba…

»Me llevó al centro de la sala y me mostró unas palancas, parecidas a las que se utilizaban en las antiguas cabinas o cajas de señales de los ferrocarriles. Me recordaron igualmente los viejos frenos de mano de los automóviles. Nacían del suelo. Formaban dos hileras, con un total de ocho palancas de un metro de altura. Por detrás había una especie de mesa…

»Con eso -según él-, manejaban el objeto. Pregunté por los motores pero, sonriendo, dijo que no había. La nave funcionaba con otro sistema…

»Me mostró las ventanas y los asientos. Parecían asientos dobles, de un material similar al cuero, aunque no podría asegurarlo. Al preguntarle de dónde venían, el individuo señaló las estrellas que se veían por las ventanas y exclamó: «De allí.» No pude sacarle ni una sola palabra más sobre dicho asunto y cambió de tema…

»Yo deseaba saber más cosas sobre el funcionamiento del aparato y los sistemas de navegación y él fue respondiendo a mis preguntas. Dijo que utilizaban un procedimiento que vencía la gravedad. Para ello empleaban un fluido (?) muy pesado que circulaba por el interior de un tubo y creaba un efecto electromagnético. Pensé en el mercurio. Esa especie de «imán líquido» vencía la gravedad y les permitía aterrizar y despegar, aunque nunca verticalmente. Todo lo controlaban con las palancas que me había mostrado. Y se extrañó de que nosotros, los humanos, no conociéramos este sistema. Insistí sobre el particular. Aquello me pareció muy interesante. Creí entender que dicho fluido, al circular por el interior del tubo, provocaba el mismo efecto que la electricidad en un cable. Y aquel hombre afirmó que la fuerza de la gravedad era anulada o controlada (?) cuando el citado fluido alcanzaba la velocidad de la luz…

»Hablamos de giroscopios. «Más allá de cierto número de revoluciones -manifestó-, existe el control de la gravedad.» Después volvió a dejarme perplejo cuando aseguró que aquel aparato no era controlado con sistemas de navegación. Lo hacían -dijo- a ojo, al igual que un automóvil o un barco en la mar…

»Yo seguía observando al individuo herido (?) y pregunté por segunda vez si precisaban los servicios de un médico. El hombre fue rotundo, una vez más: «Nada de médicos»…

»Minutos más tarde, muy amablemente, me condujo hasta la salida, dándome a entender que la reunión había terminado. Me despedí y descendí por la escalerilla. Entré en el coche y me alejé hacia mi casa. Estaba desconcertado…

»Esa misma noche se lo comenté a mi mujer, pero su respuesta me obligó al silencio: «Has estado soñando, duérmete.» ¿Había sido un sueño? Mi agitación era tal que no pude dormir. A la mañana siguiente, al dirigirme al trabajo, observé que faltaba la lata…

»Cometí el error de comentarIo en la oficina. Nadie me creyó. Finalmente me llamó el gerente y me obligó a guardar silencio, asegurando que «sólo había sido un sueño». ¿Un sueño? ¿Cómo era posible que lo recordara con tanta nitidez?...

»Regresé al lugar donde se había posado el ovni y descubrí cuatro huellas. No tuve duda: la experiencia había sido real. Aquellas marcas en la tierra fueron provocadas por las patas o el tren de aterrizaje que yo había visto. Eran unos soportes metálicos, parecidos al aluminio y de un color gris plata. En la base de la nave se veían unas ranuras oscuras, en forma de «H» y con los lados curvados. Allí entraban las patas cuando éstas eran recogidas…

»Años después, una vez en España, me llevé una gran sorpresa al ver la portada de un libro en el que aparecía un ovni con una «H» en la panza, exactamente igual a la que yo había visitado en Sudáfrica. ¿Cómo era posible? Aquello me convenció definitivamente. Lo ocurrido en 1952 había sido real…

»En cuanto a los hombres que vi en el interior de la nave, poco más puedo añadir. Todos tenían la misma altura: alrededor de 1,50 o 1,60 metros; es decir, algo más bajos de lo habitual. Los rasgos eran normales. No hubo nada que me llamara la atención, excepción hecha del pelo, que era idéntico en los cinco. Tenían un color «ratón». El único que habló conmigo parecía el más viejo. Era algo más corpulento que el resto. Vestían una bata de color beige, tipo laboratorio. Nunca podré olvidar aquellos cuarenta y cinco minutos…»

He querido iniciar este nuevo libro con la experiencia vivida por Harry Mallard porque entiendo que fue él, justamente, quien me alertó sobre algo que ha pasado casi desapercibido para buena parte de los investigadores del fenómeno de los «no identificados», entre los que me incluyo, naturalmente. Allá por el año 1974, el ingeniero inglés, al referir el singular encuentro en Sudáfrica, insistió en la extraña casualidad de la «H» en la panza de la nave. Él lo vio en 1952 y, posteriormente, en 1967, una serie de testigos aseguró haber visto algo idéntico en las proximidades de Madrid. Harry, entonces, como digo, me advirtió sobre la singular coincidencia. ¿Se trataba de la misma nave? (2) Y aquel aviso quedó en mi memoria. Durante años, sin embargo, sólo fue un recuerdo. Algo vivo y latente, sí, pero agazapado, como a la espera de no se sabe qué. Hoy creo entender el significado de esa larga espera…

Pero vayamos paso a paso. Mi amigo, el ingeniero en instrumentación, siguió su vida. Jamás, que yo sepa, volvió a vivir nada semejante. La experiencia, no obstante, lo marcó de forma tan profunda que, casi desde aquel inolvidable 1952, dedicó buena parte de su tiempo libre a tratar de reconstruir el sistema de propulsión del que le había hablado el «hombre de la montaña». Sus investigaciones, consultas, ensayos y vuelta a empezar empeñaron cuarenta y tres años. Lo vi trabajar con toda suerte de hipótesis, y llegó a intercambiar sus ideas con eminentes científicos y especialistas en magnetismo. En 1990, una noticia procedente de Japón lo llenó de esperanza. En enero de ese año, los doctores Hayaska y Takeuchi anunciaron que se hallaban experimentando con giroscopios antigravedad. Según los científicos nipones, al hacer girar el giroscopio, éste se volvía más ligero conforme se incrementaba la velocidad de giro. La fuerza de la gravedad, en suma, quedaba anulada, tal y como le había anunciado el «extranjero» en Sudáfrica. Al poco, sin embargo, los científicos occidentales rechazaban el hallazgo, argumentando que, de ser cierto, invalidaría la primera ley de Newton. En 1995, cuando lo visité por última vez, Harry me confesó que estaba cansado. Quería olvidar aquel asunto. Y así sucedió. Mi amigo Harry Mallard murió el 27 de octubre de 1996. Hoy, una vez fallecido, me siento liberado de la promesa que le hice: no revelar su identidad mientras él permaneciera con vida. Y con su desaparición empezaron a suceder cosas extrañas … Pero, antes de proceder al relato de algunos de esos hechos, bueno será que haga un breve paréntesis, refrescando la memoria del lector o, sencillamente, ofreciéndole unas líneas sobre un asunto que quizá ignore y que constituye una de las claves del presente trabajo. Las nuevas generaciones, en efecto, no tienen por qué estar al corriente del llamado asunto «Ummo», algo que saltó a la actualidad en los años sesenta. Pues bien, en beneficio, como digo, de los más jóvenes, permítanme que recuerde ahora algunos de los rasgos más sobresalientes (siempre desde mi punto de vista, claro está) de aquella desconcertante historia.

Corría el año 1966. De pronto, primeramente en Madrid, aparecieron unos escritos mecanografiados, recibidos por correo por un reducido grupo de personas. Los firmantes de tales documentos decían ser extraterrestres y proceder de un planeta llamado «Ummo». Eran escritos aparentemente científicos en los que, entre otras cuestiones, se describía la vida en dicho mundo, así como el pensamiento de la referida y supuesta raza. En total, casi ciento ochenta documentos, con algo más de mil quinientas páginas. Un material que traspasó las fronteras españolas y que, como era de esperar, se vio sometido a intensas polémicas. Uno de los receptores de estas cartas fue Fernando Sesma, fallecido en 1982. En uno de los escritos, recibido en mayo de 1967, los «urnmitas» le anunciaban la llegada a la Tierra de varias de sus naves. Sesma lo hizo público el 20 de mayo en el diario Información de Alicante. A los pocos días, otros tres ciudadanos españoles recibían sendas misivas con un contenido similar: la aproximación de tres objetos a determinadas regiones de Bolivia, España y Brasil, respectivamente.

La lectura del «anuncio» se llevó a cabo en Madrid, a las 22 horas del 30 de mayo de 1967 ante una treintena de testigos. Entre otras noticias, los «ummitas» especificaban los puntos aproximados en los que se registrarían las apariciones de dichas naves. Ese texto rezaba a:

BOLIVIA

ZONA DE ORURO. El descenso se verificará en un punto ubicado dentro del área circular que, teniendo como centro la ciudad de Oruro, su radio sea de unos 208 kilómetros con un margen de error en esta última medida de más menos cuatro kilómetros.

ESPAÑA

ZONA DE MADRID. El descenso está previsto en el seno de una área circular que tiene por centro las siguientes coordenadas:

Longitud: 3° 45′ 20,6″ W. Latitud: 40° 28′ 2,2″ N.

Y un radio de 46 kilómetros con margen de error de 1,6 km.

BRASIL

ZONA DE O GRANDE DO SUL. Cercanías de Santo Angelo. El elevado margen de error nos impide mayor especificación.

Estas previsiones se realizaron con fecha 27 de mayo…

Una vez leído el comunicado, la treintena de testigos estampó las correspondientes firmas al dorso de una de las páginas, dando fe de la información que acababan de recibir.

Dos días después, al atardecer del 1 de junio, un objeto volante no identificado fue observado en las proximidades de Madrid. Los informantes aseguraron que lucía una especie de «H» en la panza. El 2 de junio, el rotativo Informaciones publicaba las fotografías de un ovni sobre San José de Valderas (Madrid). Se trataba de la misma imagen que identificaría Harry Mallard años después, al tropezar casualmente (?) con el mencionado libro de Ribera y Farriols.

El trasiego de los «informes «ummitas».» se prolongaría durante veintisiete años. En 1993, uno de los firmantes de la célebre carta del 30 de mayo de 1967 se proclamaba autor de la totalidad de los escritos, así como de las fotos del no menos famoso ovni de San José de Valderas. José Luis Jordán Peña afirmaba públicamente que todo había obedecido a un experimento. Todo -decía- era falso: las misivas, los contenidos, el sello «ummita» que acompañaba cada envío y, por supuesto, los testimonios y las imágenes del múltiple avistamiento de Valderas. A partir de esos momentos, como era de esperar, volvió a encenderse la polémica. Los detractores del fenómeno ovni -icómo no!- aprovecharon la circunstancia, vomitando toda suerte de improperios contra los incautos que -según ellos- se dejaron engañar. «Ummo» -escribieron por activa y por pasiva- era sólo humo. Personalmente, como a otros investigadores que hemos invertido mucho tiempo y dinero en el estudio de «Ummo», las declaraciones de Jordán Peña me llenaron de escepticismo. Sabíamos que parte de los informes podía ser un fraude, y sabíamos igualmente que el complejo tema «ummita» nunca había sido investigado en profundidad y con el necesario rigor, al menos por los que lo ridiculizaban. Fue entonces, a partir de 1993, cuando reabrí las pesquisas que había desplegado durante veinte años y que, prácticamente, jamás publiqué. Veinte años de viajes, interrogatorios y comprobaciones que demostraban algo que no coincidía con las manifestaciones del señor Peña: el caso «Ummo» no era tan simple como se decía. Había falsedades, sí, pero también aspectos muy extraños…

Y durante un tiempo, la sugerencia de Harry Mallard reapareció con fuerza en mi memoria: aquella «H» en la base del ovni observado en Sudáfrica y el mismo símbolo en la nave vista en Madrid no podía ser una simple casualidad. Hace mucho que no creo en la casualidad…

(1) Véase Tempestad en Bonanza (anteriormente TVE: Operación Ovni).

(2) Después de treinta y un años de investigación, no creo necesario explicar por qué considero que una parte del fenómeno OVNI son naves o astronaves «no humanas».

© www.jjbenitez.com

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«Los manipuladores del asunto Ummo han sido a su vez manipulados»

Aunque jamás se apartó de la investigación ufológica, J. J. Benítez vuelve a la carga de manera incisiva con el tema OVNI. En El hombre que susurraba a los “ummitas” (Planeta, 2007) reabre este polémico caso con todas sus armas y destapa información que se mantuvo malintencionadamente  oculta. ¿Realmente fue todo un fraude?

David E. Sentinella

Para los más jóvenes, el “asunto Ummo” tal vez quede muy atrás en el tiempo… Sin embargo se trata posiblemente del caso más importante, controvertido, refutado y oscuro de la ufología española.

“Corría el año 1966. De pronto, primeramente en Madrid, aparecieron unos escritos mecanografiados, recibidos por correo por un reducido grupo de personas. Los firmantes de tales documentos decían ser extraterrestres y proceder de un planeta llamado “Ummo”. Eran escritos aparentemente científicos en los que, entre otras cuestiones, se describía la vida en dicho mundo, así como el pensamiento de la referida y supuesta raza. En total, casi ciento ochenta documentos, con algo más de mil quinientas páginas. Un material que traspasó las fronteras españolas y que, como era de esperar, se vio sometido a intensas polémicas. Uno de los receptores de estas cartas fue Fernando Sesma, fallecido en 1982. en uno de los escritos, recibido en mayo de 1967, los “ummitas” le anunciaban la llegada a la Tierra de varias de sus naves. Sesma lo hizo público el 20 de mayo en el diario Información de Alicante. A los pocos días, otros tres ciudadanos españoles recibían sendas misivas con un contenido similar: la aproximación de tres objetos a determinadas regiones de Bolivia -zona de Oruro-, España -zona de Madrid-, y Brasil -zona de Río Grande do Sul-, respectivamente.

El trasiego de los “informes ummitas” se prolongaría durante veintisiete años, hasta que en 1993, una de las personas más involucradas en el asunto, se declara autor de la totalidad de los escritos, así como de las fotos del no menos famoso OVNI de San José de Valderas. José Luis Jordán Peña afirmaba públicamente que todo había obedecido a un experimento. A partir de esos momentos volvió a encenderse la polémica. Los detractores aprovecharon la circunstancia para vomitar toda suerte de improperios contra los incautos que, según ellos, se dejaban engañar con el fenómeno OVNI. Para los investigadores que habíamos invertido mucho tiempo y dinero en el estudio de “Ummo” las declaraciones de Jordán Peña nos llenaron de escepticismo. Sabíamos que el tema era mucho más complejo. Fue entonces, a partir de 1993, cuando reabrí las pesquisas que había desplegado durante veinte años y que, prácticamente jamás publiqué”.

En el libro expones que el caso “Ummo” es mucho más amplio que los sucesos acontecidos en España y Francia a partir de 1966…

Efectivamente. Lo que ha ocurrido es que en un momento determinado, por las circunstancias, se circunscriben una serie de casos OVNI al término “Ummo”, a su filosofía, a los supuestos mensajeros extraterrestres, etc. Pero entonces surgen las preguntas sin respuesta: ¿qué ocurre con todos los demás casos de “objetos” con la famosa H en la panza? ¿Qué ocurre con casos como el de Sudáfrica en 1952, o el de la localidad brasileña de Curitiba en 1954, que recojo en el libro…? No sabemos que hacer con ellos.

En definitiva, posiblemente el error haya sido nuestro por no haber tenido una mayor amplitud de miras. Para indagar en el tema “Ummo” hemos cometido el fallo de centrarnos en unos años concretos, con unos parámetros y una gente determinada, fundamentalmente en España. Y creo que el asunto “Ummo” ni está bien examinado, ni exhaustivamente investigado, ni lo hallado corresponde seguramente con lo que pueda ser la verdad.

Además, la mayor parte de las investigaciones, o mejor dicho, incursiones, tenía una intencionalidad torcida, con un punto de partida claramente en contra. Los intoxicadores profesionales y sus tontos útiles se han reído del asunto, sin molestarse en indagar mínimamente. Y el resultado ha sido una manipulación total.

¿Cuándo crees que empieza el caso UMMO?

Pues realmente no lo sabemos. En los años 60 surgen esa serie de controvertidos escritos; es decir, las pruebas físicas documentales, lo que se ha venido a llamar el asunto “Ummo”. Pero yo me quedo asombrado cuando nos remontamos en el tiempo y vemos casos de los años 20, de los años 50, o incluso mucho más antiguos, como las referencias halladas en la antigua China o en Malí con el pueblo dogon, donde ya aparece la polémica “H”. El concepto que he pretendido transmitir con este libro a la gente que este interesada con el tema OVNI, o con el asunto “Ummo” en particular, es que no se puede radicalizar. Es decir, que el fenómeno “Ummo”, o el fenómeno “H”, o como se le quiera llamar, es algo mucho más complejo, y que no es lo que nos han contado. Sí, existe el tema de las cartas, que están ahí y son físicas, pero el fenómeno es mucho más grande y mucho más antiguo. Además, seguramente estamos engañados porque los escritos se contradicen. Puede haber manipulación, y de hecho la hay, pero existen muchas cosas que no encajan aunque sea en un pretendido y elaborado fraude. Existe tal pandemónium que no se puede radicalizar. Hay parte falsa, pero hay muchas otras que no sabemos lo qué son, que no tienen explicación o por el momento, no hemos sabido encontrarla.

El famoso símbolo de la “H”, ¿es algo secundario?

Nadie sabe lo que realmente significa la famosa “H”. Cabe la posibilidad de que nos hayamos planteado mal el tema y el símbolo de esa especie de H en la panza de los objetos, como apuntan muchos casos recogidos como el de Harry Mallard u otros testigos, no sea más que una parte del fuselaje donde sale algo o simplemente el hueco donde se doblan las patas sobre las que se posan.

Aunque tampoco debemos despreciar la posibilidad de que ese símbolo represente algo. No podemos descartar ninguna hipótesis. De lo que sí estoy seguro es que “Ummo” es mucho más que un grupo de supuestos contactados de Madrid o un manojo de cartas pretendidamente escritas por extraterrestres.

Y aún más. Los militares y la CIA conocían el emblema “humita antes de que la “H” fuera inventada, o supuestamente inventada por Jordán Peña y sus compinches. Los casos registrados en Curitiba (Brasil) y en la isla de Andros (Bahamas) en 1964 son definitivos.

El asunto «Ummo» ni está bien examinado, ni exhaustivamente investigado, ni lo hallado corresponde seguramente con lo que pueda ser la verdad

¿Cuál consideras que es la parte falsa del entramado “Ummo”?

Es evidente que José Luis Jordán Peña es un mentiroso patológico, que miente constantemente, que se contradice, que inventa, que delira, y que, con total seguridad, es el autor de algunos informes. Nada de lo que pueda afirmar es creíble, ni siquiera lo que podría ser cierto. Sus embustes, medias verdades y desequilibrio mental son tales que su papel como creador del fraude queda en entredicho.

Todas estas cosas las demuestro en el libro después de diez largos años de sucesivos interrogatorios. Además, tras su lectura, queda claro que Jordán Peña sólo sería la punta del iceberg.

¿Puede haber, como se ha apuntado en infinidad de ocasiones, otro tipo de intervenciones por parte de agencias de inteligencia extranjeras?

Es posible. Pero aún así seguiría habiendo una parte inexplicable. En el libro aporto información, casos concretos, nombres, donde se demuestra que hay cosas increíbles y sorprendentes a las que no es posible encontrar un razonamiento lógico que lo explique dentro de ese ámbito.

¿Cuál es la primera referencia que tienes de un caso OVNI con esa especie de H en la panza?

La primera referencia fue el caso de San José de Valderas. A partir de ahí seguí con las indagaciones y durante todos estos años me he encontrado con la existencia de otros casos anteriores.

La presencia del signo de “Ummo” en OVNIs y en sus tripulantes no es una novedad. El caso más antiguo con el que me he topado es en China, en la época de la Dinastía Zhou, allá por el 1111 a. de C., donde ya se habla de “dragones voladores” portando ese curioso símbolo en la vientre que para ellos era el símbolo de “la ley suprema” o lo que literalmente sería el “rey”. Luego también está lo que nos dice la cultura del pueblo dogon y sus gentes, referencias que vienen a tener unos 900 ó 1.000 años de antigüedad. De hecho, cuando en abril de 2001, durante mi primera visita a Mali, mostré a los iniciados de la etnia dogon algunas de las fotografías del OVNI de San José de Valderas, quedaron sorprendidos. Ellos conocían esta clase de objetos y, sobre todo, el signo que lucen en la base. Los dogon lo han transmitido de padres a hijos: “Ésas son las arcas en las que viajan los nommos”, sus dioses. ¿Cómo es posible que esta etnia perdida en el corazón de África, casi analfabeta y viviendo en la Edad de Bronce, puedan reconocer el OVNI de Valderas y el símbolo en forma de “H”?

En términos generales he encontrado alrededor de 30 casos en los que aparece ese símbolo o emblema, aunque probablemente habrá muchos más.

Pero al margen de su relación directa con el tema OVNI, el símbolo tampoco es una creación de Jordán Peña en el año 1966 como él afirma. El signo ya aparece, con pequeñas variantes, en pleno neolítico. Y desde entonces, en innumerables ocasiones a lo largo de la historia. Yo he sabido de él en los desiertos del Sahara y en las tierras norteamericanas. Esa H que hoy asociamos a los “ummitas” fue grabada en las rocas de Argelia, Libia, Marruecos, Níger y Mauritania, entre otros países del norte de África, como parte de un antiquísimo sistema de escritura, el bereber. Pero además de las pinturas y de los petroglifos, el símbolo también aparece entre otras circunstancias, allá hacia el siglo IX en los inicios del alfabeto cirílico -ruso-, o incluso fue utilizado en el siglo XVIII por los ceramistas ingleses de Bristol y Worcester. En el libro aporto varios ejemplos gráficos de ello.

¿Es casualidad el hecho de que varios testigos del fenómeno OVNI en relación al asunto “Ummo”, afirman que se sienten observados?

No puede ser casualidad porque todos coinciden, y se trata de gente que no se conocen entre sí.

¿Quiénes han sido las grandes víctimas, los sufridores del asunto “Ummo”?

Para mi, sin lugar a dudas, las grandes víctimas han sido el conocido como “grupo de Madrid”, unas treinta y pocas personas que eran receptores de cartas. Gente que en su momento creyó con la mejor de sus buenas voluntades que el fenómeno podía ser real, y que sufrieron, entre otras cosas, un supuesto aviso de amenaza atómica. Y lo más diabólico de todo: los supuestos ummitas les dicen en sus escritos que tienen que seleccionar, creo recordar, a nueve personas por familia, y tenían que dejar -según los escritos- a los niños, a los ancianos y a las mujeres en la cuneta, ya que no podían acompañarlos a ese supuesto refugio atómico donde se iban a salvar de un holocausto nuclear. En una ocasión me decía Rafael Farriols, “imagínate la angustia de los que creíamos en aquel momento que eso era cierto. ¿Y qué hago con mis nietos?, ¿los tengo que dejar ‘fuera’? Y ¿a quién me llevó…?”. Eso es de una maldad químicamente pura. Y el señor Jordán Peña, con un cinismo espantoso, lo justifica diciendo que  “eso fue un experimento”.

Rafael Farriols fue una de las personas más involucradas. Además de receptor de varias cartas, fue uno de los investigadores que llegó a publicar un libro sobre el tema. ¿Cuándo toma conciencia de que el embrollo de “Ummo” podía ser un fraude?

Farriols, hasta el último momento, consideró íntimamente que el asunto “Ummo” era real en buena medida, porque él sabía mejor que nadie que también había cartas falsas.

Mira David: “El hombre que susurraba a los ummitas” es Rafael Farriols. No soy yo, aunque parece que lo sea al ponerme la editorial en la portada. Y es por un hecho real, yo lo cuento en el libro. Él recibe una o dos cartas supuestamente ummitas en las que se le conmina a hacer preguntas, las que él quisiera. Entonces Rafael se subía al estudio de su casa y, sin que nadie lo viera, formulaba las preguntas susurrando. Cuál fue su sorpresa cuando días después recibe otra carta exhortándole a que hablara más alto, “por encima de los diecisiete decibelios”. Y él me comentaba que era imposible que nadie lo supiera, ya que estaba solo y nunca había dicho nada a nadie.

Crees que algunas declaraciones de testigos del fenómeno OVNI que tuvieron lugar a partir de que el tema “Ummo” saliera en los periódicos y fuera popular, han podido adaptar el relato de sus experiencias incorporando el famoso símbolo?

Si, puede haber casos en los que la gente aproveche la inercia de la moda, de las fotos que ha visto en los periódicos y después de ver un OVNI diga que llevaba una H. No digo que no haya podido ocurrir. Pero también es cierto que existen casos irreductibles, que están fuera de toda duda al tratarse de grupos de personas que se tropiezan con el fenómeno, como el del comandante y toda la tripulación del vuelo 727 de Iberia -ver recuadro-, entre otros muchos casos.

A nivel personal, ¿cómo viviste esa época?

Lo viví un poco como espectador, es decir, pillé el tema “Ummo” en los últimos años, y pude vivir el congreso de Alicante de 1980 donde se reúne un montón de gente para celebrar el 30º aniversario de la supuesta llegada de los ummitas.

Ten en cuenta que yo comencé a investigar el fenómeno OVNI en 1972. A partir de ahí, dentro de la dinámica de la investigación, me entero del caso de San José de Valderas, de las cartas de los ummitas, etc., y me empiezo a interesar por el tema. Pero un poco desde fuera, yo nunca estoy integrado en el grupo de Madrid. Me entrevisto con la gente -Rafael Farriols, Antonio Ribera, Luis Jiménez Marhuenda, Jorge Barrenechea, Enrique Villagrasa, Dionisio Garrido…, en fin, con todos los que puedo-, examino los escritos, las cartas, las imágenes, y voy reuniendo información. Pero es de aquellas cosas que investigas por curiosidad, porque te llama la atención saber qué es todo eso, y no pretendía escribir nada sobre el tema, eso ya lo estaban haciendo Ribera y Farriols.

“Ummo» es mucho más que un grupo de supuestos contactados de Madrid o un manojo de cartas pretendidamente escritas por extraterrestres

¿No mostraste cierto escepticismo sobre el tema cuando te contaban algunos casos?

Si, claro. Hablaba con muchos de ellos y les decía las cosas que me parecían raras o sospechosas. Pero también había escritos que me fascinaron, me parecieron asombrosos, y recuerdo que consulté su contenido con astrónomos, con químicos, con anatomistas, etc., con especialistas técnicos dentro de cada área. Tengo muchísima información archivada sobre “Ummo”, pero nunca he querido tocar el tema de los escritos, y si alguna vez lo he hecho ha sido de refilón.

¿Alguna vez has dudado sobre la veracidad del asunto “Ummo”?

Si, por supuesto. Y mucho. Me parecía que había muchas cosas muy “raras”. Pero luego, por otro lado, cuando hablaba con los interesados, con la gente del grupo de Madrid, me contaban a nivel personal cosas que eran imposibles que se pudieran falsificar. Por ejemplo, el día 25 de mayo de 1977, Luis Jiménez Marhuenda, escritor, guionista y técnico de programación de radio y televisión ya fallecido, recibe una carta mecanografiada y anónima en su casa en San Vicente, Alicante, donde se le dice que no hable más del tema OVNI y que el día 27 del mismo mes le iban a dar una prueba de la presencia extraterrestre en nuestro planeta que podría ver desde su casa. Luis venía hablando del fenómeno no identificados en un programa de radio que dirigía y, aunque la misiva de marras no parecía trigo limpio, puso el asunto en conocimiento de algunos de sus amigos más íntimos. Finalmente y por curiosidad, se reunieron en su casa un total de once personas. Lo sorprendente es que a las doce de la noche apareció en el cielo un objeto color fuego que cruzó el firmamento de este a oeste. El OVNI, totalmente silencioso, permaneció a la vista de los asombrados testigos por espacio de cuarenta segundos aproximadamente. Además, al día siguiente, el diario Información de Alicante informaba sobre un extraño objeto que fue visto por numerosos testigos en la zona.

Entonces, ¿cómo es posible que eso suceda? Es inexplicable. De estas cosas hubo unas cuantas, y eran las que a mi me hacían continuar en la investigación. Yo me encontraba en momentos de duda, de confusión. Dabas un paso adelante y tres hacia atrás. Pero había algo raro. Y sigo manteniendo la misma postura. Hay algo muy extraño en este fenómeno que no hemos sabido descifrar…

Se ha asegurado que los servicios de inteligencia utilizaba los mensajes para incluir información y textos encriptados…

Es algo posible, pero no es creíble. Lamentablemente esas afirmaciones parten de la persona de Jordán Peña, y de él, como ya he dicho, no nos podemos creer nada, aunque dijera la verdad.

¿Pero crees que tanto los servicios secretos como los militares estaban metidos en el asunto o que, como mínimo, se hallaban al tanto de todo lo que estaba ocurriendo?

Por supuesto. No tengo la menor duda de que ambos estaban al tanto de todo lo que ocurría y que incluso los servicios secretos habían intervenido en algún momento. Además, es lógico pensar que los servicios de inteligencia españoles sabían todo lo que pasaba y que un grupo se reunía en Madrid, pero no porque les interesara el fenómeno OVNI, sino para saber todo lo que allí se hablaba, el alcance social que ello tenía, si había otras intencionalidades, o simplemente si eran comunistas.

¿Has recibido alguna supuesta carta de “Ummo”?

Si, alrededor de media docena, aunque nunca les preste mucha atención. Las leí, hice consultas con los del “grupo de Madrid” y las guardo archivadas, pero los escritos nunca me interesaron en demasía. Algunos me parecieron rematadamente falsos.

En el caso de que las fotografías o las cartas no hubiesen sido falsificadas por José Luis Jordán Peña, ¿quién sería el autor y con qué fin?

Francamente no lo se. Si hubiese sido la CIA u otra agencia similar, evidentemente con alguna intencionalidad malsana, no justificable. ¿Experimento?, ¿tapadera? ¡Qué se yo! Lo único que se es que la mayor parte de las cartas son falsas, al menos en el sentido de que no son extraterrestres.

Juanjo, y para ti, ¿quién crea el “movimiento Ummo”?

Yo pienso que no lo creó una persona sino que fue un grupo de gente. Por diferentes intereses y circunstancias, toda esa gente que empieza a recibir esos escritos, que se reúnen en “La ballena alegre”, que son en principio seguidores de Fernando Sesma, son los que, sin querer, van configurando el fenómeno social. Si es cierto que el asunto se polariza, primero alrededor de Sesma, y después, del “grupo de Madrid” que recibe las cartas, pero no había líderes. Se pasaban las cartas de unos a otros, y se reunían de vez en cuando. En todo caso, fíjate, el que aglutinaba al sector contrario era Jordán Peña, pero tampoco era un líder.

Uno de los asuntos más polémicos fueron esas cartas que ofrecían información científica que, supuestamente, era puntera y no estaba al alcance de muchos, y aún menos en España. ¿Quién tenía dichos conocimientos para incluirlos en los documentos?

Esa es una de las cuestiones que siempre se ha planteado, que Jordán Peña no tenía ni la capacidad, ni el tiempo, ni las posibilidades de hacer una cosa así. El problema es que estamos atrapados. Honradamente no sabemos quién es el autor o autores de las cartas, lo cual no quiere decir que sean extraterrestres, repito. Puede ser que en algunos documentos haya metido la mano la CIA, o quién sabe quién, porque hay cosas de las que aparecen en las cartas que ni siquiera se han descubierto en estos momentos.

Lo único que sé es que la mayor parte de las cartas son falsas, al menos en el sentido de que no son extraterrestres.

Después de todos estos años, ¿qué es lo que pretendes con este libro?

Dar la vuelta al calcetín de todos los tópicos sobre el tema “Ummo”. Estoy harto y cansado de escuchar siempre las mismas estupideces de que todo fue obra de un señor. Los investigadores deberían tomarse la molestia de entrar un poco en el tema, solamente por curiosidad de investigación.

Aquí demuestro que William Spaulding miente, por lo tanto todo lo que se ha dicho hasta ahora de que estas fotos son falsas y los argumentos a favor de la maqueta sujeta por un hilo se derrumban estrepitosamente. Porque lo más doloso no es que dichos informes estén realizados sobre una copia de copia de las fotos originales de San José de Valderas, lo cual ya sería grave e invalidaría los resultados, sino que los análisis están hechos, o bien sobre la fotografía de la portada de un libro, o bien, sobre una fotografía publicada en la revista inglesa Flying Saucer Review.

Lo que sí está claro es que todo aquel que pretenda investigar el tema OVNI tendrá que pasar por aquí. No es inmodestia, es la realidad. Si se pretende realizar una investigación medianamente objetiva y seria se tendrá que contemplar lo que se cuenta en este libro. Por una sencilla razón: porque se ofrecen nuevos datos que echan por tierra lo que se ha venido dando por cierto hasta la fecha. En este sentido es un lanzallamas.

 

Un testimonio inédito sobre Valderas

En abril de 1996, las investigaciones de J. J. Benítez le llevaron al hallazgo de un testimonio hasta ahora inédito del famoso avistamiento del OVNI que tuvo lugar aquel 1 de junio de 1967 en la localidad madrileña de San José de Valderas. Se trata del pintor Manuel Rubio, que por aquel entonces trabajaba como delineante en Aeronáutica Industrial, S.A., en Cuatro Vientos, muy cerca de San José de Valderas. Estas son las declaraciones que el testigo hizo al periodista:

“Era un jueves. Hacia las once, siguiendo la costumbre, salí de la oficina para tomar un bocadillo. Al regresar, poco más o menos a los quince minutos, lo vi inmóvil, a unos cincuenta o sesenta metros sobre el campo de vuelo. Como puedes imaginar, me quedé perplejo. Era un objeto redondo, de unos diez o doce metros de diámetro, de un color plomizo. Se hallaba inclinado, ofreciendo la panza. Y así se mantuvo todo el tiempo. Esa panza –supongo– se presentaba más oscura, de color plomo, al quedar en la sombra. El perímetro del objeto, en cambio, era brillante. La verdad es que lo contemplé a placer. Calculo que podía estar a medio centenar de metros, aproximadamente, de donde me encontraba. No hacía el menor ruido. Eso me impresionó. Y allí continuó un largo rato. Como mínimo, un cuarto de hora. Después, siempre en silencio, se alejó a una velocidad incalculable. Y lo hizo hacia el poblado de San José de Valderas. Fue visto y no visto. Ningún aparato humano podría desarrollar una velocidad semejante. La base o la panza era lisa. En ningún momento llegué a ver la parte superior, y tampoco la “H” que aparecía en las fotos de la prensa. Al día siguiente, el periódico recogía una información sobre un OVNI que había sido visto y fotografiado en las cercanías del castillo de Valderas. En mi opinión, el objeto fotografiado y el que yo vi eran casi idénticos. Lo único que no acerté a observar, como te decía, fue ese extraño símbolo en la panza. Y me alegré de que otros también lo hubieran visto. Como puedes imaginar, cuando lo comenté en la oficina, nadie me creyó. Nunca supe si otros compañeros lo habían visto. Imagino que sí, porque allí trabajaban dos mil personas. Si te digo la verdad, tuve una extraña sensación. Mientras contemplaba el objeto me sentí observado…

Dibujo realizado por el testigo Manuel Rubio en el que sitúa la posición y dirección del OVNI sobre el complejo industral cercano a Valderas en el que trabajaba.

Aquello, sin la menor duda, era algo de otro mundo e inteligentemente manejado”.

 

Teruel, julio de 1985.

Uno de los más completos e intrigantes avistamientos OVNI con el célebre símbolo H en la panza tuvo lugar en los cielos españoles en julio de 1985. La calidad profesional de los testigos -toda una tripulación de la compañía Iberia- no deja lugar a dudas. El comandante de aquel 727, Carlos García Rodrigo, un experimentado piloto, con dieciséis mil horas de vuelo y cinco años en las Fuerzas Aéreas, relató así el encuentro a J. J. Benítez:

Era una mañana preciosa. Cielo azul, sin una sola nube. Hacíamos un puente aéreo Barcelona-Madrid. Fue el IB-1331. Volábamos relajados, sin ninguna preocupación. Altitud establecida:29.000 pies. Y a eso de las 13:45 horas, sobre Maella (Teruel), en la lejanía y a unos quince grados por encima de la visual, apareció algo similar a una lenteja. Tenía un color titanio.

(…)

Pero aquello no era un avión. La “lenteja” fue tomando una clara forma esférica. “Eso no es un avión, debe ser un globo sonda”. Y empezamos a prestarle toda nuestra atención. Entonces, conforme nos fuimos acercando, vimos con claridad que “aquello” era totalmente esférico y de un color algo más oscuro que el aluminio.

Decidí comunicarlo al Control Barcelona. La verdad es que era enorme y podía constituir un riesgo potencial para la navegación.

Barcelona respondió “Negativo, no tenemos nada”. Aquello se encontraba muy alto. Calculamos unos veinticinco mil o treinta mil metros. Barcelona nos aconsejó que lo notificáramos a Control Madrid.

“Negativo -replicó Madrid-, no tenemos nada reportado”. Era extraño. Madrid debería haberlo registrado. Mi avión aparecía en el radar. “Llame usted a los militares y que rastreen la zona…”.

Nos comunicamos entonces con Zaragoza y les advertimos de la presencia de aquel objeto. Total, que nos fuimos aproximando y “aquello” siguió “creciendo y creciendo”.

En mi opinión, se hallaba estacionario o casi. En esos momentos se presentaba como una gran pelota metálica. Como podrás imaginar, el ambiente en cabina se fue caldeando. “Aquello” no era normal. Y descubrimos que no era un globo sonda. Carecía del típico instrumental que suele colgar de esos artefactos. Pero, entonces, ¿qué era?

Llamé de nuevo al radar militar de Calatayud (“Siesta”), pero la respuesta fue igualmente negativa. No tenían nada en pantalla. En eso, entró en la frecuencia otro colega: un avión que volaba de Valencia a Madrid. Y comunicó: “Afirmativo. Nosotros también lo vemos. Tenéis un objeto ahí arriba… Lo tengo a la vista y le confirmo que no es un globo sonda”.

Entonces decidí llamar al resto de los tripulantes. Todos pasaron por cabina, confirmando nuestras impresiones: era una esfera, no tenía alas ni timón, era enorme y de color oscuro. En total, nueve testigos.

Era como tres o cuatro veces un Jumbo. Y nos fuimos deslizando por debajo de aquella “cosa”. Permanecía quieta, majestuosa. El sol, en el cenit (eran las doce, hora solar), iluminaba el casquete superior de la esfera. El inferior, obviamente, aparecía más oscuro. Y nos colocamos bajo “aquello”.

Llamamos nuevamente a Madrid y a los militares. Confirmamos la posición y les anunciamos que lo teníamos en nuestra vertical. Respuesta negativa. El objeto seguía sin ser detectado en los radares…

< Toda la tripulación del vuelo IB-1331 pudo observar la inmensa esfera metálica con el símbolo de la H en la panza.

Conforme pasábamos por debajo, todos lo contemplamos por las trampillas superiores de la cabina. Y la tensión se multiplicó al descubrir aquel signo en la parte inferior de la esfera. Ya no tuvimos duda. “Aquello” era algo anormal. En la panza, por llamarlo así, apareció una especie de “H”, con otro palo vertical en el centro. Era algo descarado, en negro y resaltando con absoluta nitidez.

En ese instante me asusté.¿Un campo de energía? ¿Podía afectar al avión? Aquella “cosa” gigantesca, inmóvil en el cielo, tenía que sustentarse de alguna forma. Afortunadamente el instrumental no se vio afectado en ningún momento. No tuvimos problemas.

¿Qué podía ser aquella “H”? No lo sé. Quizá unas compuertas cerradas. Quizá una marca o una protuberancia pintada en negro. Lo que estaba claro es que era algo artificial y perfectamente definido. A pesar del sombreado de esa zona, se distinguía con absoluta claridad.

Recuerdo que dije: “Madrid, reporto fenómeno OVNI. Tome usted nota. Voy a hacer un informe oficial…

Y así lo hice. Una copia fue para la compañía Iberia y otra para Aviación Civil. Todo esto, naturalmente, quedó grabado en las respectivas torres de control y estaciones de radar con las que establecimos contacto.

Una esfera metálica. De eso no hay duda. De haber sido un globo estratosférico, habríamos apreciado las típicas deformaciones en las paredes. Además, como te digo, “aquello” no era elíptico. Era una esfera perfecta. Activé el radar del avión pero, al igual que “Siesta” y Madrid, no captó nada. Según mis cálculos, la observación pudo durar alrededor de siete u ocho minutos. Es decir, durante algo más de cien kilómetros. Jamás lo olvidaré…

 

El OVNI de Valderas… ¿pendía de un hilo?

Para salir de dudas, Benítez solicitó de Rafael Farriols una copia de primera generación, y la depositó en un centro de investigación que sí le merece respeto y confianza: la Dirección General de la Guardia Civil, en Madrid. El 14 de marzo de 1995 entregaba el juego de fotos sobre el OVNI de Valderas al entonces coronel Zamorano, director de la Jefatura de Investigación y Criminalística de dicha Dirección General. El coronel sugirió que un análisis de los negativos originales resultaría más interesante y eficaz. Dicho y hecho. Farriols aceptó y, poco después, J. J. Benítez llevaba personalmente los cinco valiosos negativos a la referida jefatura junto a otros informes -los de Poher, GSW y un tercer estudio, AIMU, realizado por informáticos-. Los negativos del supuesto OVNI permanecieron varios meses bajo el control de los expertos del Departamento de Acústica e Imagen. El informe, con un total de sesenta y seis páginas, fue terminado el 30 de diciembre de 1996. el 18 de enero de 1997 lo recogía de manos del teniente coronel Francisco Álvarez, responsable de los análisis. Las conclusiones de los especialistas de la Guardia Civil fueron los siguientes:

1.     Los negativos recibidos y examinados, no tienen indicios de haber sido manipulados.

2.     Son originales en cuanto a que han sido obtenidos en una misma máquina fotográfica, la cual no es de buena calidad, ni estaba en buen estado de uso. Es muy probable que, con el carrete impresionado y sin rebobinar, se abriera la máquina, lo que originó veladuras, visibles en los negativos.

3.     No aparecen señales inequívocas de que los negativos examinados sean producto de montaje o cualquier manipulación fraudulenta. No obstante, en razón de la no concordancia en la luminosidad entre los negativos y entre los objetos fotografiados, así como la aparente iluminación artificial en el negativo 19 y unas imágenes anómalas (brillos y sombras) en el negativo 12, no se descarta la duda de que su elaboración haya sido fraudulenta.

4.     La supuesta línea recta, que puede aparecer en las reproducciones del negativo 24 que alguien, maliciosamente, considera o define como “un elemento sustentador del ovni” y en el “Análisis Infográfico de Material Ufológico” -AIMU-, lo interpretan como un “elemento radiante indetectable”, no es más que la reproducción de una ralladura que sufre el negativo.

De haber sido un hilo o un elemento sustentador, la imagen habría sido definida por la reacción de los halogenuros del material sensible a la luz. La luz rasante, sin embargo, demuestra que esa línea es sólo una lesión o ralladura en el negativo.

Tras estos resultados, Benítez apunta: “Es decir, no hay hilo por ninguna parte. En un principio ni yo mismo daba crédito hasta que me lo mostraron en un microscopio. Naturalmente las fotos del OVNI de San José de Valderas pueden estar trucadas, pero no como pretenden los farsantes e intoxicadores del fenómeno quienes, a pesar de ir de supuestos ‘investigadores científicos’, basan sus alegatos en análisis amañados”.

Enigmas. Número 138.

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